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Piropos desde Austria

Dicen que la tierra tira, pero a los sevillanos nos tira de una manera muy especial. Nos sentimos extremadamente orgullosos del lugar en el que hemos nacido, vemos la perfección a nuestro alrededor y sólo activamos el espíritu crítico cuando cruzamos la frontera. “A los sevillanos nos acusan de ombliguismo, pero es que Sevilla tiene un ombligo digno de ver”, escribió una vez Antonio Burgos. Pero esa especie de egocentrismo no es casual, sino que tiene una base sólida, tal y como han corroborado numerosas personas que han visitado la capital hispalense en distintos momentos. “Lo malo no es que los sevillanos piensen que tiene la ciudad más bonita del mundo...lo peor es que puede que tengan hasta razón”, afirmó en su día el ciudadrealeño Antonio Gala.

Los piropos, cuanto más lejana sea su procedencia, más mérito tienen. Por eso nos parece interesante detenernos hoy en la figura de Stefan Zweig, escritor austriaco que se hizo conocido por el libro ‘El mundo de ayer’, en el que describió la Europa que quedó enterrada entre las dos grandes guerras. Previamente, a principios del siglo XX, Zweig visitó Sevilla y sus impresiones acaban de ser rescatadas en España por la editorial Sequitour, que ha editado un libro de viajes titulado ‘Francia, España, Argelia e Italia’.

Zweig encontró similitudes entre su tierra y la nuestra (“Salzburgo y Sevilla son ciudades gemelas. Hay en ambas una energía poética tal que lo provinciano adquiere un carácter plácido y seductor”), aunque también diferencias importantes (“la vida parece tener aquí un ritmo más veloz, y las personas la sangre más viva”), ensalzando  nuestra cultura popular (“basta con ver bailar flamenco en el más pobre de los tugurios para darse cuenta de lo feo, simplón y acartonado que resulta el ballet de nuestros teatros, basado en una serie de grotescas acrobacias aprendidas de memoria”). Ya por aquel entonces Sevilla tenía fama de ser ególatra, pero Zweig consideraba que “uno no puede reprocharle su vanidad”, dejando para el final una frase concluyente: “Aquí se puede ser feliz”. 

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