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El noble corazón de doña Guiomar

Detrás del inusual nombre de Guiomar Manuel se encierra la historia de una mujer adelantada a su época. Le tocó vivir entre finales del siglo XIV y principios del XV en el seno de una familia acomodada, si bien su nobleza residía en su espíritu y no en su condición social. De hecho, tras morir su marido, se dedicó en cuerpo y alma a ayudar a los demás. Y no sólo a sus allegados, sino a cualquier persona que necesitara ayuda, independientemente de la moralidad de cada una de ellas.

Así se explica que se hiciera famosa en la ciudad por llevar agua a la cárcel para calmar la sed de los presos. La recogía en los Caños de Carmona y la transportaba con su propio cuerpo en unos tiempos en los que no había suministro en los hogares, ni siquiera en los más privilegiados. La figura de doña Guiomar –así se la conocía– ha sido estudiada a fondo por el historiador Rafael Sánchez Raus, quien subraya que fue todo un ejemplo medieval de altruismo cívico y cristiano. Su marcada religiosidad no se basaba en la creencia, sino en la acción. En cierto modo, se sentía responsable de todo lo que ocurría a su alrededor.

No debe sorprender, por tanto, que cediera desinteresadamente unas ricas salinas que poseía para que todos los sevillanos pudieran conservar sus alimentos con este preciado ingrediente. De igual modo, costeó la pavimentación de las primeras calles que fueron soladas en Sevilla,  fomentó la construcción de varios conventos e incluso dio una importante donación para que se hiciera realidad la Catedral, donde una placa recuerda que fue enterrada allí junto a sus seres queridos. De igual modo, Sevilla le reservó un lugar en el nomenclátor de la ciudad, titulando con su nombre una calle en pleno centro (junto a la Plaza de Molviedro).      

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