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Cuando no había Madrugada

A quien madruga, Dios le ayuda. El rey Carlos III creía en este refrán a pies juntillas, de ahí que no le hiciera ni pizca de gracia que salieran procesiones por la noche. Entendía el monarca, como muchos de sus coetáneos, especialmente los más reaccionarios, que la nocturnidad era caldo de cultivo para los desórdenes y los actos inmorales entre hombres y mujeres. Previamente, la Iglesia ya había intentado restringir las salidas de los pasos a horarios diurnos, pero no pudo con la fuerza popular de las hermandades y perdió el pulso.

Sin embargo, con la llegada al trono del mencionado Carlos III, el alto clero encontró un poderoso aliado y también un respaldo legal. No en vano, en 1777 se aprobó un decreto real que regulaba la Semana Santa y prohibía, entre otras cosas, que las imágenes estuvieran en la calle tras la puesta del sol. Así las cosas, la Madrugada de Sevilla sufrió un duro revés, hasta el punto de que las tres hermandades que la integraban en aquel momento (el Silencio, la Macarena y el Gran Poder) se vieron obligadas a retrasar su salida a la mañana del Viernes Santos, si bien en algunas ocasiones optaron directamente por no hacer estación de penitencia.

Se puede decir, por tanto, que durante unos años no hubo Madrugada. Es más, hermandades de otros días que solían salir bien entrada la tarde, como eran los casos de la Trinidad, Los Negritos, Vera Cruz o el Museo, también dejaron de salir temporalmente en señal de protesta. El encargado de aplicar la nueva ley en Sevilla fue Pablo de Olavide, a la sazón alcalde de la ciudad. Los edictos que difundió a los hermanos mayores dejaban claro la necesidad de acabar con las procesiones nocturnas, ya que las muchedumbres “se valían de las tinieblas para muchos fines reprobados”. Por su parte, el arzobispo de Sevilla también trasladó a todo el personal eclesiástico las nuevas normas, entre las que figuraban, además, la supresión del alcohol, las rifas y las limosnas allí por donde transcurriera el cortejo.

Todas aquellas restricciones, que han sido recogidas en un artículo publicado recientemente en ABC, encontraron una firme oposición popular y fueron desapareciendo con el paso de los años. 

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