Domingo, 07 de Abril de 2013 00:00
David Díaz Oliver
Seguimos desvelando quiénes se ‘esconden’ detrás de las calles y avenidas más concurridas de Sevilla y en esta ocasión nuestro protagonista es José Laguillo, uno de los periodistas más influyentes de la ciudad a principios del siglo  XX. Nació en 1870 en el seno de una familia acomodada y desde muy temprana edad mostró interés por las letras: literatura, historia, filosofía, etcétera. Pese a que se dedicó en cuerpo y alma al mundo de la comunicación, estudió para ser maestro, profesión que nunca llevó a desempeñar. Y es que lo que verdaderamente le gustaba era narrar la actualidad y por eso pululó por distintos periódicos pequeños hasta que en 1902 ingresó el El Liberal.
Esta rotativa fue fundada en Madrid en 1879 por Miguel Moya y tenía una línea editorial popular, demócrata y republicana, sin caer en extremismos. Muy pronto se extendió a otras ciudades como Barcelona, Bilbao, Murcia o la propia Sevilla, donde José Laguillo se labró un nombre haciendo gala de sagacidad e independencia, pues, como se diría coloquialmente, no se casaba con nadie. En 1909 fue nombrado director del periódico y extrapoló sus señas de identidad a toda la redacción. Nunca tuvo una filiación política, aunque sí mostró simpatías por los ideales andalucistas. De hecho, llegó a entablar una estrecha amistad con Blas Infante.
Estuvo al frente del periódico nada más y nada menos que 27 años, que fue el tiempo que pudo mantener su integridad. No en vano, en 1936 el Frente Popular ganó las elecciones y presionó al comité de empresa para ganarse el favor del periódico, pero José Laguillo no se plegó a las nuevas directrices y dimitió. Una vez terminada la Guerra Civil, retomó su actividad periodística colaborando con distintos medios, unas veces con seudónimo y otras sin él, pero ya en la segunda línea de fuego. Cuando cumplió los 70 años escribió ‘Memorias de antetumba, mi vida y mi tiempo’, un testimonio valioso para comprender el periodo que le tocó vivir. Incuestionablemente, uno de los más convulsos de la historia de España.
Lunes, 14 de Enero de 2013 00:00
David Díaz Oliver
El 27 de febrero de 1882 nació uno de los mejores escultores que ha dado la ciudad de Sevilla: Antonio Castillo Lastrucci. Lo hizo en el seno de una familia que se dedicaba a la venta de sombreros y era el tercero de cuatro hermanos. Quiso el azar que justo en frente de su domicilio se encontrara el taller del que a la postre sería su mentor, el también laureado Antonio Susillo, a quien conoció siendo niño. La destreza del crío a la hora de hacer figuritas de terracota llamó la atención del maestro, que no dudó en reclutarle y enseñarle el oficio. Así las cosas, cuando ingresó en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos de Sevilla, ya poseía muchos conocimientos y era el alumno más aventajado.
Como era de esperar, empezó a ganar muchos concursos de talento y en 1915 la Diputación de Sevilla le concedió una beca para formarse en los Museos de París y Roma. La capital transalpina no la llegó a visitar por culpa del estallido de la I Guerra Mundial, pero en tierras galas sí se empapó de cultura. Tras hacer una intensa escala en Madrid, volvió a Sevilla para poner en práctica todo lo aprendido y decidió abrir un pequeño taller. Pronto le llegó el encargo que le cambió la vida: la construcción de las imágenes del Misterio de Cristo ante Anás, de la Hermandad de la Bofetá, que salieron a la calle por primera vez en 1923. Tanto los hermanos de la corporación como el público en general quedaron gratamente satisfechos con el resultado, de ahí que a partir de entonces le llovieran los pedidos.
Se puede decir que a partir de los 40 años, es decir, en plena madurez, Castillo Lastrucci se dedicó por completo a la imaginería religiosa. Muchas tallas fueron destruidas o dañadas durante la Guerra Civil y a él le tocó reponerlas o restaurarlas. Con paso firme, fue granjeándose un prestigio y recibiendo llamadas no sólo de Sevilla y su provincia, sino también de todos los puntos de España. Su nombre evoca inevitablemente a nuestra semana santa, ya que muchas de las imágenes que desfilan por la capital hispalense llevan su sello: el Cristo de la Buena Muerte (La Hiniesta), la Virgen de la O, la Virgen del Rocío (El Beso de Judas) y un largo etcétera. En total, se le atribuyen más de 450 imágenes y los entendidos en la materia destacan especialmente su capacidad para esculpir los crucificados, cada uno con sus propios rasgos, todos ellos imprescindibles.
Sábado, 17 de Noviembre de 2012 00:00
David Díaz Oliver
Con relativa frecuencia, el nombre de una persona nos evoca más a la calle titulada en su honor que a su biografía, y con Luis Montoto sucede algo así. Quien más, quien menos, sabe dónde está situada la avenida que antiguamente era conocida como ‘Oriente’ y también cómo llegar a ella, pero mucha gente ignora quién fue y qué méritos hizo para recibir tal reconocimiento. La mejor respuesta a estas preguntas se encuentra en una placa de la calle Mateos Gago, lugar donde vivió y pereció.
 “En esta su casa morada falleció el día 30 de septiembre de 1920 el Exmo. Sr. D. Luis Montoto y Rautenstrauch, poeta del hogar, cantor de los mártires del trabajo, insigne polígrafo, cronista de Sevilla a la cual consagró en su corazón y su pensamiento, espejo de caballero y dechado de humildad. La ciudad de Sevilla consagra este mármol a la grata memoria de su hijo predilecto. 1929”, reza la insignia.
Luis Montoto fue una persona eminentemente culta. Buena prueba de ello es que cursó estudio. tanto de Ingeniería (en Madrid) como de Derecho (en Sevilla), llegando a ser un reputado notario eclesiástico. Pero, al margen de su formación universitaria, también exhibió un talento innato en otras disciplinas artísticas. De hecho, demostró con creces su talento para la escritura, publicando (a veces bajo el pseudónimo de ‘ Lorenzo de Miranda’) numerosas y variadas obras literarias: poesías, obras de teatro, ensayos históricos… Además, era un experto en paremiología, es decir, en el Estudio de los refranes.
Como enamorado de la capital hispalense, le resultaba casi imposible desarrollar una actividad sin que su ciudad natal fuese la protagonista, de ahí que el denominador común de todos sus trabajos fuese Sevilla. Dicho esto, no es de extrañar que llegara a ser concejal del Ayuntamiento, que se le considerara como el cronista oficial de la ciudad, que perteneciera al Ateneo de Sevilla y a la Real Academia Sevillana de Buenas Letras y que le apodaran el Patriarca de las Letras Hispalenses por haber reunido en su propio domicilio a los sevillanos más brillantes de su época. Sus coetáneos afirmaban que su gran obsesión era convertir la cultura sevillana popular en algo académico que pudiese ser exportado y admirado en cualquier otra región del mundo.
Por último, cabe destacar que, gracias a la propuesta de los hermanos Álvarez Quintero, una de las glorietas del Parque de María Luisa también está dedicada a Luis Montoto. Resulta fácil identificarla porque la constituyen un estanque y una figura femenina recostada.
Jueves, 27 de Septiembre de 2012 00:00
David Díaz Oliver
En 1807, la España de Carlos IV y la Francia de Napoleón Bonaparte firmaron el Tratado de Fontainebleau, que acordaba un ataque conjunto a Portugal y el posterior reparto del territorio luso. Pero las verdaderas intenciones de los galos quedaron al descubierto cuando, en lugar de atravesar sin pausa la península ibérica hasta llegar a su teórico objetivo, se acantonaron en las ciudades españolas y empezaron a controlarlas sin disimulo. Luis Daoíz tuvo que lidiar con ese grave contratiempo en Madrid, donde se concentraban el mayor número de tropas francesas. En un primer momento intentó aplacar los ánimos por las buenas, instando al gobernador a que mandara un mensaje de tranquilidad a los vecinos para hacerles ver que eran aliados. Pero los acontecimientos fueron tomando un cariz violento y ya no le quedó más remedio que pasar al plan B.
Junto a otro militar de gran prestigio, Pedro Velarde, urdieron un alzamiento general que no tuvo ningún seguimiento por el desgobierno  y la tibieza que imperaba en la Corte. Sin embargo, la llama que no prendieron las autoridades fue prendida por los madrileños, quienes, hartos de soportar las vejaciones perpetradas por los soldados franceses, se rebelaron contra ellos con más corazón que cabeza. La situación se volvió insostenible y Joaquín Murat, que estaba al mando de las tropas galas, les dio manga ancha a sus hombres para que acabaran con el motín. Una de sus órdenes directas fue mandar un destacamento de 80 unidades al Parque de Artillería de Montelón para que no se fabricara más munición. Allí estaba Luis Daoíz y se armó el célebre 2 de mayo de 1808.
El enfrentamiento fue inevitable y con menos de 20 efectivos, el sevillano logró resistir y aguardar la ayuda de Pedro Velarde, que llegó con los refuerzos suficientes para conseguir la rendición de los franceses. El conflicto entre ambas naciones había estallado definitivamente y ya no había marcha atrás. Prácticamente sin tiempo para pensar y previendo la respuesta inmediata de Francia, ambos militares decidieron hacerse fuertes en el Parque y reclutaron un pequeño ejército de defensa reclutando incluso a ciudadanos sin experiencia con las armas. Daoíz se situó en la puerta para dirigir cuatro cañones que hicieron estallar en pedazos a muchos enemigos durante horas. Sin embargo, la diferencia numérica de soldados y la escasez de munición terminaron por decantar la balanza del lado de los invasores.
Daoíz, con una herida en el muslo y sin soltar el sable de su mano, resistió estoicamente hasta que sus fuerzas se agotaron por completo. Unos soldados suyos corrieron el riesgo de trasladarle a su casa con la esperanza de que se recuperase, pero fue en vano. Al igual que casi todos los que trataron de proteger el Parque, falleció, pero sus muertes no quedaron en saco roto, ya que sirvieron para alentar la insurrección contra los franceses en toda España.
Sus restos descansan en el Monumento a los héroes del Dos de Mayo de Madrid que se edificó en Madrid en el año 1840. Sevilla también le rindió su particular homenaje en la Plaza de la Gavidia, lugar en el que nació, primero con una placa (1852) y posteriormente con una estatua (1889) que recuerda perennemente su gallardía.
Martes, 25 de Septiembre de 2012 00:00
David Díaz Oliver
Detrás de la expresión ‘ se armó el 2 de mayo’ se esconde la participación de un sevillano en un acontecimiento muy importante en la historia de nuestro país. Hablamos de Luis Daoíz, nacido en 1767 en el seno de una familia aristocrática de nuestra ciudad. Se crió en lo que hoy es la Plaza de la Gavidia, en una propiedad de sus abuelos maternos, los condes de Miraflores de los Ángeles. Estudió en el colegio jesuita de San Hermenegildo y, a instancias de su padre, ingresó en el ejército con tan solo 15 años, un hecho que no sorprende tanto si se analiza la tradición militar de su familia. No en vano, sus antepasados, oriundos de Navarra, participaron en las milicias de la Reconquista y en la célebre batalla de Las Navas de Tolosa.
Una vez expulsados los musulmanes, fueron premiados con privilegios y tierras en el sur de España, concretamente en Gibraltar, El Puerto de Santa María, Medina Sidonia, Sanlúcar de Barrameda, etc. Y si  terminaron llegando a la capital hispalense fue gracias al amor que sintió su padre por la sevillana Francisca Torres Ponce de León. El matrimonio tuvo cuatro descendientes, siendo Luis el más ambicioso de todos. Buena prueba de ello es que con 25 años ya había alcanzado el grado de teniente de artillería, después de haber destacado tanto en el arte de la esgrima en la defensa de Ceuta como en la compañía de minadores en Orán (Argelia). Pero sus méritos no habían hecho sino comenzar. En 1794 participó en la Guerra del Rosellón y terminó siendo capturado por los franceses, quienes, a sabiendas de que era valioso por su poliglotía y sus conocimientos matemáticos, le ofrecieron cambiarse de bando, pero Daoíz lo rechazó de plano. Por suerte, tras la rúbrica de la Paz de Basilea, fue liberado y volvió a Andalucía.
Lejos de apartarse de la guerra, fue reclutado de nuevo para combatir a los ingleses, que habían sitiado Cádiz con una flota descomunal en 1797. Sin embargo, su astucia con una lanchera permitió hundir a varios buques del almirante Nélson y decantar la balanza del lado de la Armada española. Su éxito en las aguas le valió para conseguir condecoraciones de la Marina, ascender a capitán de artillería y embarcar en el prestigioso navío San Ildefonso rumbo a América, donde tenía la misión de defender las colonias. En 1802 regresó a la península y fue destinado a Sevilla para llevar a cabo una función científica en la Real Fundición de Bronces. Pero en cuanto las balas volvieron a silbar, se puso en marcha de nuevo con su regimiento de artillería y luchó en la Segunda Guerra de Portugal. Poco después, solicitó un traslado definitivo a Madrid y aquella decisión le permitió estar en el lugar y en el momento oportuno para pasar a los anales de la historia, pero de ese episodio ya hablaremos en el siguiente artículo.
Miércoles, 25 de Julio de 2012 00:00
David Díaz Oliver
Hoy vemos como algo natural que algunos actores españoles protagonicen películas estadounidenses y a todos se nos vienen a la mente los rostros de Antonio banderas, Penélope Cruz, Javier Bardem, etc. Sin embargo, no siempre fue así. Debido al hermetismo inicial del cine americano y a la barrera del idioma, entre otros factores, durante varias décadas pocos tuvieron la oportunidad de cruzar el charco para exhibir sus dotes en la interpretación. Pues bien, Antoñita Colomé, sevillana y trianera para más señas, no fue la que rompió el hielo, pero sí la primera que rechazó trabajar en Hollywood.
Hija de un sombrerero, soñó con ser artista desde que tuvo uso de razón, como prácticamente todas las niñas de su barrio. No obstante, en aquellos tiempos, los de la  primera mitad del siglo XX, para progresar en el mundo de las artes escénicas era obligatorio trasladarse a Madrid y eso fue lo que hizo siendo aún muy joven. En la capital de España recibió la formación que le permitió debutar en el Teatro Eslava y conseguir grandes papeles en el cine, en cintas como ‘El hombre que se reía del amor’, ‘La señorita de Trevélez’, ‘La rueda de la vida’, etc. Alcanzó tal grado de éxito que los directores más importantes del momento, como Florián Rey, Benito Perojo, Edgar Neville, se ‘peleaban’ entre ellos para contar con ella en sus proyectos.
Pero antes de ser una estrella consolidada, un cazatalentos de la Paramount la descubrió y convenció para que viajara a Estados Unidos, concretamente a los estudio. de Jointville, donde se rodaban películas de habla hispana. Allí intervino en ‘Un caballero de frac’, de Roger Capellani y en ‘Las luces de Buenos Aires’, junto a Carlos Gardel, obteniendo muy buenas críticas. Esto propició que recibiera una propuesta formal para instalarse en Hollywood, pero en una decisión sorprendente que dejó a las claras su marcada personalidad y su arraigo a nuestra tierra, declinó y regresó a España para terminar de labrarse un nombre, algo que logró con creces.
Su trayectoria profesional sufrió un inevitable paréntesis por el estallido de la Guerra Civil y mientras silbaron las balas vivió en Francia, pero una vez que la paz se restableció volvió sobre sus pasos y continuó su carrera. En Sevilla, sus películas causaban furor en los cines de verano y muchas mujeres trataban de imitar sus peinados, su maquillaje, su manera de vestir, etc. Antoñita Colomé era, en esencia, un icono. Una vez retirada, volvió a Triana para vivir buena parte de su tercera edad, pero cuando ya no pudo valerse por sí misma se marchó a Madrid al cuidado de su hija. Allí falleció en 2005, dejando tras de sí una huella imborrable. Sin ir más lejos, estos últimos días se le ha recordado durante la Velá de Santa Ana, celebrándose una mesa redonda en honor a ella.
Miércoles, 22 de Febrero de 2012 00:00
David Díaz Oliver
María Isabel Salvat Romero nació el 20 de enero de 1926 en Madrid en el seno de una familia adinerada y distinguida. Pudo haber tenido una vida cómoda, pero prefirió salirse de la carretera asfaltada para escoger el camino pedregoso. Y por raro que parezca, a su familia no le sorprendió que tomara los hábitos a los 18 años, ya que desde niña siempre había mirado más por los demás que por sí misma. El caso es que si no hubiera variado su rumbo, hoy no estaríamos hablando de ella, pero su controvertida decisión y su posterior trayectoria como religiosa católica le han permitido pasar a la historia como una de las mujeres más caritativas de nuestro país.
Ingresó en la Compañía de la Cruz para atender a pobres, enfermos y niñas huérfanas y su espejo no podía ser otro que Santa Ángela de la Cruz, de la que siempre fue una fiel seguidora. Lejos de sentir dudas por la carrera que había iniciado, en 1952 hizo los votos perpetuos y seguía las reglas de su orden al pie de la letra. Su austeridad era extrema, su fe, inquebrantable, y su trabajo, incansable. Todas esas aptitudes le sirvieron para, primeramente, ganarse el cariño de Estepa y Villanueva del Río y Minas, donde fue madre superiora de sus casas y, posteriormente, para ser  nombrada Madre general de la compañía el 11 de febrero de 1977. Ya por aquel entonces todo el mundo la conocía como Madre María de la Purísima.
Allá donde fue dejó su huella y Sevilla no fue ninguna excepción. En la capital hispalense dirigió su organización con un liderazgo sin igual, mostró su ilimitada piedad y se entregó en cuerpo y alma a los más desfavorecidos obteniendo como recompensa la paz espiritual que se llevó a la tumba el 31 de octubre de 1998. Después de todo lo que había hecho de forma desinteresada, sin ahondar en los milagros que se le atribuyen, era lógico que tras su muerte se iniciara el proceso de canonización. De esta manera, en 2009 ya fue declarada ‘venerable’ por el Papa Benedicto XVI y un año más tarde fue beatificada en una multitudinaria misa celebrada en el Estadio de la Cartuja y presidida por la imagen de Nuestra Señora de la Esperanza Macarena. Pero el reconocimiento a su labor no termino ahí, ya que hace unos días se tituló una calle de Sevilla con su nombre. Y es que en este mundo tan individualista en el que vivimos, el caso de Madre María de la Purísima es un ejemplo para la sociedad. Un ejemplo difícil de seguir y fácil de admirar.
Miércoles, 08 de Febrero de 2012 00:00
David Díaz Oliver
Trajano estaba en Colonia (Germania) cuando recibió la noticia de la muerte de Nerva pero, lejos de dejarlo todo y regresar apresuradamente a Roma para ponerse al mando, prefirió asegurar antes la línea defensiva. De esta manera, no hizo su entrada triunfal hasta casi dos años después. Sus primeras decisiones fueron mejorar la red de carreteras, liberar a muchos de los ‘presos políticos’ y devolver a los campesinos las tierras que habían sido expropiadas por Domiciano. Por el contrario, con los cristianos se mostró intransigente y no permitió que practicaran su religión públicamente, aunque tampoco llevó a cabo una persecución al uso. En cualquier caso, si por algo ha pasado a la historia Trajano, no ha sido por su manera de gobernar a los civiles, sino por haber expandido el imperio romano más que ningún otro emperador.
Y es que Trajano era, ante todo, un general. Mejor dicho, un excelente general. En el año 101 invadió Dacia (lo que hoy es Rumanía), un territorio que históricamente había estado vedado para los romanos, y cinco años después ya lo dominaba por completo. A renglón seguido, se dirigió hacia Oriente, anexionó Siria, Damaco, Palmira y Bostra y se enfrentó a los partos, a los que terminó derrotando. Llegados a este punto, se dio cuenta de que había cometido una imprudencia similar a Alejandro Magno:  su imperio era demasiado grande para ser gobernado con eficacia. Resultaba prácticamente imposible tener a los ejércitos en permanente movimiento y al mismo tiempo, atentos a las rebeliones de los bárbaros.
En un clima de máxima incertidumbre, Trajano cayó enfermo volviendo de una campaña militar y murió sin dejar descendencia. No obstante, antes de exhalar su último aliento, se encargó de dejar bien atada su sucesión y nombró a su sobrino Adriano, también sevillano de nacimiento, como heredero. De él ya hablaremos en otro momento, pero para cerrar este artículo sobre Trajano, el primer emperador romano no nacido en Roma, sino en Itálica (Santiponce), hay que destacar que en Sevilla hay una calle y un monumento en su honor. La vía está en pleno centro de la ciudad y la estatua, en la orilla de Triana del río, entre el Puente de Triana y el del Cachorro.
Lunes, 06 de Febrero de 2012 00:00
David Díaz Oliver
Quien más y quien menos se hace una idea de la magnitud que tuvo el imperio romano, ya sea por lo que le enseñaron en la escuela, por lo que ha leído en los libros o por las películas que ha visto en televisión. Pues bien, la primera persona no nacida en Roma que llegó a la cúspide de semejante territorio fue… un sevillano. Tal como lo oyen. Trajano vio la luz por primera vez el 18 de septiembre del año 53 en Itálica, lo que hoy conocemos por Santiponce, a escasos kilómetros de Híspalis. Allí fue criado por su madre, ya que su padre era un reputado senador y general que pasaba más tiempo en los conflictos bélicos que en su propio hogar. Pese a ello, Trajano quiso ser como él y muy pronto se instruyó en el arte de la guerra para seguir sus pasos.
Y no sólo lo consiguió, sino que llegó más alto que su progenitor. Siendo muy joven participó en las campañas de Hispania, Siria y Germania, durante los reinados de los emperadores Tito y Domiciano, demostrando primero sus habilidades en el campo de batalla, y posteriormente, sus dotes de estratega. De forma casi paralela, se adiestró también en la diplomacia, superando las clásicas etapas del cursus honorum: cuestor, pretor y legado. No es de extrañar por tanto que a los 38 años fuese nombrado cónsul, y poco después, gobernador de Germania. Su meteórica  ascensión le hizo muy popular en todos los estamentos militares y el eco de sus éxitos llegó hasta el mismísimo senado de Roma.
En el año 96, el emperador Domiciano fue asesinado y le sustituyó en el cargo Nerva. Debido a su avanzada edad y a su carácter quisquilloso, Nerva no era muy querido entre las tropas. De hecho, sufrió revueltas pretorianas nada más alzarse con el poder y para contrarrestarlas, tuvo el ingenio de reclutar como mano derecha al admirado Trajano, llegando a afirmar públicamente que sería su heredero y sucesor. Con el general más brillante del momento a su lado, Nerva encontró la tranquilidad, aunque por poco tiempo, ya que murió inesperadamente tan sólo un año después. Llegados a ese punto, sólo un hombre estaba legitimado para tomar el relevo: Marco Ulpio Trajano.
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