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La manera más rápida de conocer la idiosincrasia de Sevilla es darse un paseo por la calle Sierpes y recorrer sus 400 metros de longitud sin pestañear. Sin embargo, una vez completada la tarea, puede que la curiosidad no esté del todo saciada y surja la intriga de saber cómo esa calle llegó a ser lo que es actualmente.

Originalmente, la calle Sierpes era sencillamente un brazo del río Guadalquivir y a sus márgenes se levantaron conventos y comercios. Por allí transitaban los que llegaban de las Américas para vender sus preciadas mercancías, aunque a veces, en lugar de encontrar compradores, se topaban con todo tipo de malhechores que les robaban o les estafaban con hábiles trucos. Era por tanto, un lugar concurrido y a veces peligroso. Dado el momento histórico, cargado de beligerancia, uno de los productos más demandados eran las espadas y por eso la calle acuñó el nombre de Espaderos en la época gremial. Sin embargo, esta denominación no tuvo demasiado recorrido y dio paso al de Sierpes gracias a un rumor que corrió como la pólvora.

Al parecer, de la noche a la mañana comenzaron a desaparecer niños sin dejar rastro en aquella calle. La gente llegó a asustarse tanto que, el regente de la ciudad, Alfonso de Cárdenas, se vio obligado a intervenir y ordenó investigar los sucesos, pero lo único que pudo obtener fue el testimonio de un preso que, a cambio de su libertad, ofrecía delatar al asesino. Cuando el gobernador dio su visto bueno, el reo, llamado Melchor de Quinta y Argüeso, relató que había acabado con la vida del malvado ser mientras trazaba un túnel para huir de la cárcel. Las autoridades acudieron al lugar señalado en las galerías subterráneas y comprobaron que lo que decía era verdad, aunque había obviado un importante detalle: quien yacía inerte con una daga clavada no era una persona sino una enorme serpiente venenosa.

Según cuenta la leyenda, el reptil fue mostrado en público para acabar con los temores de los sevillanos, los crímenes cesaron y a partir de ese momento, la vía empezó a conocerse como Calle de la Sierpe, aunque los más incrédulos se niegan a creer este relato y prefieren atribuir el nombre a su forma serpenteante.

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