Curiosidades y anécdotas

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Allí donde muere gente a diario siempre se generan historias macabras y el Hospital de las Cinco Llagas, por muy buen servicio que ofreciera, no es ninguna excepción. Más si cabe teniendo en cuenta que en siglos pasados la mente humana estaba mucho más abierta que ahora para creer en fenómenos sobrenaturales. Por todo ello, con relativa frecuencia, pacientes y familiares hablaban de apariciones espectrales, ruidos extraños (rápidas pisadas, gritos de pánico, sollozos de niños recién nacidos), etcétera. Los difusos protagonistas eran soldados que habían sufrido graves heridas en la batalla, mujeres que perdieron la vida al dar a luz, víctimas jóvenes de una cruel epidemia y, en resumidas cuentas, todo tipo de personas con un trágico final que contar.

Hubo denuncias por escrito e investigaciones formales, pero, como suele ser habitual en estos casos, nunca se llegó a demostrar nada. Aun así, la intranquilidad no se evaporó y algunos vigilantes de seguridad, tanto en el pasado más lejano como en el no tan lejano, se negaron a hacer las rondas en solitario ante el temor de ser abducidos. Ya en tiempos más recientes, el propio Plácido Fernández Viagas, antiguo presidente de la Junta de Andalucía, reconoció haber vivido una experiencia paranormal dentro del edificio, lo cual deja a las claras que no estamos ante unos testimonios aislados, independientemente de que se crea en la parapsicología o no.

De entre todos los fenómenos que presuntamente se dieron en el Hospital de las Cinco Llagas, hubo uno a mediados del siglo XVIII que cobró especial relevancia. Se trataba de la aparición del fantasma de Sor Úrsula, una monja que había trabajado previamente allí y que no había dejado precisamente un buen recuerdo entre los enfermos debido a su carácter despiadado, huraño e insensible. Tras fallecer, comenzó a manifestarse por las noches en los pasillos, vestida con un hábito antiguo y portando un manojo de llaves en el cinto. A diferencia de otros episodios, el espectro de la religiosa no fue visto por una persona ni por dos, sino por decenas, aunque la racionalidad siempre ha encontrado argumentos para tratar de explicar lo aparentemente inexplicable.

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Antonio Susillo Fernández fue un escultor sevillano nacido en 1855 y criado en la Alameda de Hércules. Un afortunado día de su infancia, estando en la calle, moldeó una figura con el barro que habían dejado las lluvias y la Infanta Luisa Fernanda de Orleans, que pasaba por allí, lo vio y se quedó impresionada con sus dotes artísticas. Inmediatamente lo amadrinó, costeó sus estudios en Roma y París, y, una vez formado, le puso en contacto con clientes respetados de toda Europa. Como no podía de ser otro modo, también dejó su sello en Sevilla, y buena prueba de ello son las estatuas del Palacio de San Telmo, el Daoiz de la Plaza de la Gavidia, el Velázquez de la Plaza del Duque, etcétera.

Sin embargo, debido a las malas compañías (se dice que su segunda mujer era una despilfarradora compulsiva), llegó un momento en el que se vio sumido en la más absoluta ruina, y cuando recibió el encargo de tallar una imagen en bronce para el Cementerio de San Fernando, se aferró a este proyecto como un clavo ardiendo para empezar de cero. Aun así, no pudo sentir mayor decepción cuando, al terminar la obra, se dio cuenta de que había esculpido la pierna izquierda sobre la derecha (al revés de lo que dicen Sagradas Escrituras). Incapaz de asumir su error, decidió ahorcarse en su estudio, aunque otras fuentes apuntan a que se pegó un tiro en la cabeza.

Y llegados a este punto entra en juego la leyenda. Existe la creencia generalizada de que los sevillanos eran partidarios de enterrar su cuerpo en el centro del camposanto, debajo de la imagen que él mismo materializó, pero las autoridades eclesiásticas se negaron, pues ya se sabe que el suicidio no está aceptado por la fe católica. Pese a todo, 30 años después, el debate volvió a la calle a raíz de un artículo publicado en prensa y en 1940, con el beneplácito de la Iglesia y el Ayuntamiento, fue sepultado en dicho lugar. Cuando todo parecía estar en orden, un acontecimiento extraordinario volvió a convertir a Antonio Susillo en motivo de actualidad: el Cristo que había cincelado lloraba.

Lo que brotaba de sus ojos no era agua salada ni tampoco bendita, sino miel. El mismísimo Vaticano se vio obligado a enviar a uno de sus investigadores para determinar si estaban ante un milagro, pero las pruebas concluyeron que las abejas habían formado una colonia en el interior de la imagen. Aun así, desde entonces se le conoce como el Cristo de las Mieles.

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Si caminamos por la calle Alfonso XII en dirección a Plaza de Armas por la acera de la derecha, justo antes de llegar al cruce con Marqués de Paradas nos toparemos con una pequeña y solitaria piedra que no se caracteriza precisamente por belleza. Sin embargo, a su espalda se encuentra insertada en la pared una placa que resume su intensa historia y nos hace ver que no estamos ante un peñasco cualquiera. Su origen data de mediados del siglo XIX, época en la que Isabel II reinaba en España, aunque quien gobernaba de facto era el general Narváez. En un ambiente de descontento generalizado por los estragos de las guerras carlistas, un grupo de jóvenes sevillanos decidió levantarse en armas con más corazón que cabeza.

Tenían ideas liberales, quizás excesivamente románticas para aquellos tiempos, pero creían firmemente en ellas. Tanto es así que rápidamente pusieron rumbo a Ronda a las órdenes de un coronel retirado llamado Joaquín Serra con la idea de expandir la rebelión. El ímpetu y la animosidad les condujeron a realizar alguna que otra demostración de fuerza por el camino, aunque en ningún momento llegaron a infundir pavor. De hecho, las tropas isabelinas consiguieron detenerles con suma facilidad a la altura de Benaoján (Málaga), donde murieron 25 insurgentes. Los demás fueron devueltos a Sevilla y encarcelados en el cuartel de San Laureano a la espera de ser juzgados.

No hubo perdón ni piedad, ya que el comisionado Manuel Lassala dictaminó el fusilamiento de los 82 supervivientes en el Campo de Marte, que era un espacio vacío situado entre la Puerta de Triana y la de Goles. Allí se concentraron cientos de personas para presenciar el fin de sus vidas, pero solo una de ellas trató de frenar la ejecución: el alcalde García de Vinuesa. En un intento a la desesperada, acudió con dos alguaciles para pedir clemencia, pero sus palabras quedaron en saco roto. Para colmo, los disparos también alcanzaron fortuitamente a dos chavales que se habían subido a un árbol para contemplar la escena. Desolado y sumido en la impotencia, el alcalde se marchó del lugar con la cabeza gacha, pero al llegar a la Puerta Real, decidió parar y romper a llorar apoyándose sobre una piedra, la misma que mencionábamos al comienzo de este artículo.

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Junto a la Torre del Oro, la de Don Fadrique es la otra gran atalaya de la ciudad de Sevilla. Se encuentra en el patio del Convento de Santa Clara y fue construida en 1252 con ladrillos y piedras dentro de la zona delimitada por las murallas. Tiene una planta cuadrada de unos 10 metros de lado, posee un estilo arquitectónico que combina rasgos del románico y del gótico, y su estado de conservación es excelente. De hecho, sobre la puerta de entrada se puede leer con claridad un placa escrita en latín que dice así: “Esta torre es fabrica del magnífico Fadrique, podrá llamarse la mayor alabanza del arte y del artífice: a su Beatriz madre le fue grata esta prole del rey Fernando, experimentado y amigo de las leyes. Si deseas saber la era y los años, ahora mil doscientos y cincuenta y dos (1252) ya existía la torre serena y amena llena de riquezas”.

El texto deja entrever una historia que ha dado pie a múltiples interpretaciones. La más difundida, y probablemente también la más alejada de la realidad, es la que hace referencia a un romance prohibido, pero vayamos por partes. Don Fadrique era Infante de Castilla e hijo de Fernando III de Castilla y Beatriz de Suabia. Su padre enviudó a los 50 años y volvió a casarse con la francesa Juana de Danmartín, mucho más joven que él. Tras la conquista de Sevilla y Córdoba, ambos quedaron instalados en el Alcázar, pero el monarca falleció poco después. Fue entonces cuando Don Fadrique dejó Italia y viajó a la capital hispalense por primera vez para conocer y mostrar respetos a su madrastra, de la que quedó prendado rápidamente. Ambos eran prácticamente de la misma generación y compartían la afición por la caza.

Según cuenta la leyenda, con la llegada del invierno se hacía muy difícil atrapar a los animales en las proximidades del río, por lo que Don Fadrique ordenó construir una torre para que hiciera las veces de pabellón de caza… y de nido de amor. El edificio generó muchas suspicacias desde el primer momento, pero el Infante se defendió argumentando que iba a servir para repeler los hipotéticos ataques de los musulmanes, algo incoherente teniendo en cuenta que se había levantado ‘intramuros’. La relación entre los dos jóvenes era ‘vox populi’ y no fue bien acogida ni en la nobleza ni en el pueblo llano. Tanto es así que, con motivo de la celebración de su onomástica, Juana envió 200 invitaciones y nadie acudió al banquete. La situación se volvió insostenible y la reina se vio obligada a partir hacia Francia con sus hijos en una falúa, mientras que Don Fadrique fue ajusticiado en Burgos por orden de su hermano, Alfonso X de Castilla, tras haber ofendido el decoro real.

La versión de los historiadores, como no podía ser de otra forma, es muy distinta. Si bien no hay unanimidad acerca de por qué fue ejecutado, lo cierto y verdad es que en ninguna de las teorías se menciona una posible aventura entre Don Fadrique y Juana de Danmartín. Así pues, todo hace indicar que perdió la vida por conspirar contra el poder que ostentaba Alfonso X. Como curiosidad, cabe destacar que el gusto del Infante por las atalayas era incuestionable y no se sació completamente con la de la capital, ya que en Albaida del Aljarafe también ordenó construir otra que lleva su nombre.  

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Afirmar que los pobres siempre han aspirado a llevar el estilo de vida de los ricos es una obviedad, pero ha habido casos excepcionales en los que ha sido a la inversa. Y la historia del traje de gitana supone uno de ellos. En los primeros tiempos de la Feria, relatados en nuestro anterior artículo, los comerciantes de ganado acudían acompañados por mujeres. Los más humildes llevaban a sus esposas porque vivían de forma ambulante y entre los dos trasladaban el hogar de lonetas al Real, hecho que deja a las claras cuál fue el origen de las casetas. A su vez, los tratantes más pudientes recibían la inestimable ayuda de sus campesinas. Pero entre las cónyuges de unos y las sirvientas de otros no había demasiadas diferencias, ya que casi todas ellas eran de etnia gitana.

Así pues, no es de extrañar que la muestra se impregnara de sus hábitos, costumbres y por supuesto, de su tradicional manera de vestir. Las gitanas, como todas las andaluzas de las clases bajas, portaban unas simples batas con un par de volantes a las que se les añadía un delantal para faenar con comodidad. Eran prendas más estrechas de lo habitual en su época, realzaban la figura femenina e imponían un caminar sensual. Todo ello no pasó desapercibido a los ojos de los hombres… ni tampoco a los de las mujeres aristocráticas, quienes, viendo el éxito progresivo que fueron adquiriendo aquellos modelos en un evento tan emergente como la Feria de Abril, empezaron a copiarlos y a lucirlos ellas mismas a partir de la Exposición Universal de 1929.

Esta imitación y, por qué no decirlo, competencia entre unas mujeres y otras, provocó que el traje de gitana fuera evolucionando con el paso de los años. Para ir un paso por delante, se fueron añadiendo los colores vivos, los lunares, el escote de pico, los talles cada vez más ceñidos, las flores en un pelo recogido para enaltecer los marcados rasgos sureños, los mantones de manila… dando forma a lo que se conoce como ‘cuerpo de guitarra’. Llegó un momento en el que era materialmente imposible diferenciar a una mujer por su condición social, ya que todas vestían de la misma manera. Además, como la Feria dejó de ser un centro de negocios para ir convirtiéndose en uno de ocio y diversión, las mujeres, y por ende, sus vestidos, fueron adquiriendo cada vez más protagonismo. Tanto es así que el traje de gitana, también llamado de flamenca por haber estado ligado siempre a este estilo musical, se erigió como el traje típico de Sevilla, rápidamente se extendió a toda Andalucía y hoy día, de cara al turismo, ya tiene la etiqueta de ‘traje español’.

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¿Qué pasó en la Madrugá del año 2000? Las imágenes de las avalanchas humanas en el centro de Sevilla siguen estando en el recuerdo de todos los sevillanos. Muchos lo vivieron en primera persona, sintiendo el pánico en sus carnes y corriendo hacia la nada sin saber muy bien por qué. Otros siguieron los acontecimientos por televisión o por la radio, siendo incapaces también de comprender lo que estaba ocurriendo. Sólo fueron unos minutos que no provocaron grandes daños personales, pero se hicieron eternos y dieron lugar a todo tipo de especulaciones.

De forma inmediata el boca a boca funcionó con una velocidad endiablada, difundiendo rumores muy dispares y todos ellos de poca verosimilitud, todo hay que decirlo. Se habló de que un individuo había sembrado el pánico con un cuchillo en la mano, de unos disparos, de un gran escape de gas e incluso de un toro que se había escapado de la Maestranza. Con el paso de las horas y los días, las hipótesis fueron retorciéndose y señalaban a un grupo de jóvenes aficionados a los juegos de rol que había intentado emular a la película ‘Nadie conoce a nadie’, que el Rey Don Juan Carlos iba de nazareno y querían atentar contra su persona, que la Policía Local, en huelga en aquel momento, pretendía llamar la atención provocando unos disturbios que se le fueron de las manos, etc.

Las investigaciones se llevaron a cabo con absoluto sigilo y apenas hubo filtraciones. Algunas fuentes dejaron entrever que la trama había sido coordinada, ya que las estampidas comenzaron en calles diferentes al mismo tiempo, y otras sugirieron que todo el halo de secretismo se debía a que familiares de personalidades de renombre estaban implicados en este turbio asunto. Por su parte, los más escépticos siguen argumentando que no fue más que un hecho aislado que provocó una reacción instintiva dentro de un ambiente masificado. Por una razón o por otra, el caso es que a la ciudadanía no se le dio una explicación coherente y nadie fue condenado. ¿Qué pasó entonces en la madrugá del año 2000? Han pasado doce años y aún no hay una respuesta clara.

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La manera más rápida de conocer la idiosincrasia de Sevilla es darse un paseo por la calle Sierpes y recorrer sus 400 metros de longitud sin pestañear. Sin embargo, una vez completada la tarea, puede que la curiosidad no esté del todo saciada y surja la intriga de saber cómo esa calle llegó a ser lo que es actualmente.

Originalmente, la calle Sierpes era sencillamente un brazo del río Guadalquivir y a sus márgenes se levantaron conventos y comercios. Por allí transitaban los que llegaban de las Américas para vender sus preciadas mercancías, aunque a veces, en lugar de encontrar compradores, se topaban con todo tipo de malhechores que les robaban o les estafaban con hábiles trucos. Era por tanto, un lugar concurrido y a veces peligroso. Dado el momento histórico, cargado de beligerancia, uno de los productos más demandados eran las espadas y por eso la calle acuñó el nombre de Espaderos en la época gremial. Sin embargo, esta denominación no tuvo demasiado recorrido y dio paso al de Sierpes gracias a un rumor que corrió como la pólvora.

Al parecer, de la noche a la mañana comenzaron a desaparecer niños sin dejar rastro en aquella calle. La gente llegó a asustarse tanto que, el regente de la ciudad, Alfonso de Cárdenas, se vio obligado a intervenir y ordenó investigar los sucesos, pero lo único que pudo obtener fue el testimonio de un preso que, a cambio de su libertad, ofrecía delatar al asesino. Cuando el gobernador dio su visto bueno, el reo, llamado Melchor de Quinta y Argüeso, relató que había acabado con la vida del malvado ser mientras trazaba un túnel para huir de la cárcel. Las autoridades acudieron al lugar señalado en las galerías subterráneas y comprobaron que lo que decía era verdad, aunque había obviado un importante detalle: quien yacía inerte con una daga clavada no era una persona sino una enorme serpiente venenosa.

Según cuenta la leyenda, el reptil fue mostrado en público para acabar con los temores de los sevillanos, los crímenes cesaron y a partir de ese momento, la vía empezó a conocerse como Calle de la Sierpe, aunque los más incrédulos se niegan a creer este relato y prefieren atribuir el nombre a su forma serpenteante.

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En un pequeño cerro de la localidad de Camas conocido como El Carambolo se encierra un misterio que aún no ha sido desvelado al cien por cien por los historiadores. Para dar con su origen hay que retroceder en el tiempo hasta varios siglos antes de Cristo, cuando nació una leyenda que aseguraba que allí estaba enterrado un tesoro de un valor incalculable. Casualidad o no, cuando aquel relato aparentemente de ficción parecía haber perdido hasta su último ápice de credibilidad, el tesoro salió a la luz de la manera más inverosímil posible y en el momento más inesperado.

Fue el 30 de septiembre de 1958. La Real Sociedad de Tiro de Pichón de Sevilla, que había adquirido esos terrenos años atrás, estaba realizando unas obras para mejorar sus instalaciones y albergar un importante torneo internacional. El arquitecto, no del todo satisfecho con la posición  Tesoro de El Carambolode una de las ventanas, mandó excavar quince centímetros más a sus obreros y durante la tarea, uno de ellos, Alonso Hinojos del Pino, encontró un brazalete de 24 quilates. Al observar que le faltaba un adorno, animó a sus compañeros a que le ayudaran a encontrarlo y la sorpresa de todos se multiplicó al realizar un nuevo hallazgo: un recipiente de barro cocido que contenía más objetos preciosos. Como se suele decir coloquialmente, aquello pasó de castaño a oscuro.

Naturalmente, a los albañiles les asaltaron las dudas. Algunos creyeron que eran joyas millonarias y otros, para demostrar que eran meras imitaciones, doblaron una de las piezas hasta romperla. Cuando esto sucedió, dejaron de pensar en repartirse el botín y lo entregaron con la sospecha de que pudiera tener un gran valor histórico. Y la intuición no les falló, ya que poco después el arqueólogo Juan de Mata Carriazo lo examinó a fondo y determinó que era “un tesoro digno de Argantonio”, en referencia al último rey del imperio tartésico. Otros estudios posteriores fueron más allá y puntualizaron que las muestras encontradas pertenecían a un solo hombre, que podría haberlas portado como distinciones en momentos de máxima ostentación.

Sin embargo, las investigaciones más recientes discrepan de esta teoría y proponen otra: que el lugar donde fue hallado era un santuario dedicado a Astarté y Baal, los dos dioses más importantes de los fenicios, y que los objetos suponían el ajuar de su sacerdote. Pero esta falta de consenso no es la única incógnita que queda por despejar sobre el Tesoro de El Carambolo. Hay quienes se siguen preguntando por qué se guarda con tanto celo en la caja fuerte de un banco, por qué sólo estuvo unos meses expuesto en el Museo de Arqueología y por qué el Ayuntamiento de la ciudad decidió destituir a Don Jesús Aguirre (Duque de Alba) como comisario de la Expo 92 cuando intentó -sin éxito- solicitar una réplica exacta.

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El Costurero de la Reina es uno de los edificios más singulares de Sevilla y tiene el don de generar preguntas en la mente de todos los que lo contemplan por vez primera. Más de uno, sorprendido por su ubicación y su estilo arquitectónico, seguro que se habrá cuestionado cómo ha llegado hasta allí, pues a simple vista parece extraído de una historia caballeresca o de un cuento de hadas, dando la sensación de que se hubiera teletransportado desde la época medieval hasta nuestros tiempos sin sufrir desperfectos. Pero no, este edificio no es tan antiguo.

Fue un encargo del Duque de Montpensier al arquitecto Juan Talavera, quien consiguió terminarlo allá por el año 1893. En aquel momento estaba muy de moda en Europa imitar estilos arquitectónicos anteriores como el románico, el gótico o el mudéjar, y el Costurero de la Reina, ese coqueto y  minúsculo castillo coronado por llamativas almenas y pintado con franjas horizontales de tonalidades crudas y rojizas que está situado en la Glorieta de los Marineros Voluntarios, es un buen ejemplo de ello.

Costurero de la Reina. Sevilla¿Pero por qué se llama así? En realidad, su nombre oficial es el de Pabellón de San Telmo, pero todo el mundo lo conoce por el Costurero de la Reina gracias a la leyenda, que asegura que la Reina María de las Mercedes, debido a su delicado estado de salud, acudía a este lugar para tomar el sol, coser durante horas junto a sus damas y leer las cartas de su amado Alfonso XII. Sin embargo, este relato no está ni mucho menos documentado, ya que la Reina murió de tifus a temprana edad unos quince años antes de que construyese este pequeño palacio, que hoy se utiliza como Oficina de Turismo. Por tanto, todo hace indicar que esta versión novelesca fue fruto de la imaginación de sus coetáneos. Pese a todo, en la ciudad se sigue transmitiendo de generación en generación, quizás porque el edificio en sí mismo evoca más a la fantasía que a la realidad.

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calle infiernoEscuchar la risa de los más pequeños cuando se comparte con ellos un día de emociones y sensaciones en el parque de atracciones, o más conocido como "Calle del Infierno", en la feria no tiene precio. Si se acercan a la Feria de Abril de Sevilla no pueden irse sin visitar la “Calle del Infierno” y perderse el magnifico espectáculo de movimiento, sonido y luces que harán las delicias de los más pequeños. La Calle del Infierno ofrece una oferta lúdica importante y de gran interés para todos los gustos. Cada año los feriantes nos sorprenden con algunas novedades. Aquí nos podemos encontrar desde las atracciones más tradicionales como la noria, el látigo, los coches locos, montaña rusa, etc.  a una serie de atracciones más modernas e impactantes como los tirachinas humanos, los molinos de cestas o la caída vertical, atracciones que alcanzan gran altura y velocidad.

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