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Hace más de 2.000 años, el agua llegaba a Sevilla desde Alcalá de Guadaira gracias a un conducto de 17,5 kilómetros de longitud que alternaba tramos subterráneos con otros por encima de la superficie. Sus 400 arcos de ladrillo dan fe de la magnitud de una obra que fue realizada por los romanos en la época en la que Julio César era el cuestor (recaudador de impuestos) de Híspalis. No obstante, fueron tan profundas las remodelaciones que hicieron posteriormente los musulmanes, que existe cierta polémica acerca de si los árabes reconstruyeron por completo el acueducto o arreglaron el que ya existía.

Tenía su punto de origen en el manantial de Santa Lucía y terminaba en la mismísima muralla de la ciudad, justo en la Puerta de Carmona, donde existía un enorme depósito desde el que se distribuía el agua a los emplazamientos públicos y a la aristocracia. Curiosamente, cabe destacar que, a la altura de lo que hoy conocemos como Torreblanca, la canalización se elevaba sobre los arcos y por eso hoy el barrio se llama oficialmente Torreblanca de los Caños. Aunque nos resulte muy lejano en el tiempo, lo cierto es que el acueducto funcionó a pleno rendimiento hasta bien entrado el siglo XIX y testimonios objetivos como el del alemán Jerónimo Münzer, que Acueducto Sevillavisitó Sevilla en 1495, nos sirven para comprender su relevancia: “Hay en Sevilla mucha agua potable y un acueducto de trescientos noventa arcos, algunos duplicados por un cuerpo superior, para vencer el desnivel del terreno, va por este artificio gran cantidad de agua y presta muy buen servicio para el riego de jardines, limpieza de calles y viviendas”.

El acueducto fue demolido en 1912 para ensanchar la calle Oriente y levantar el Puente de la Calzada. Los tres vestigios que han sobrevivido a nuestros días son muy valiosos desde el punto de vista histórico y se les conocen como ‘Los Caños de Carmona’. El primero está ubicado en el actual barrio de Los Pajaritos; el segundo se encuentra casi al comienzo de la avenida Luis Montoto y necesitó ser apuntalado para evitar su desplome; y el tercero, que fue el último en descubrirse, estuvo enterrado durante años bajo el puente que permitía a los trenes que venían desde Madrid dirigirse hacia Cádiz. Una de las cosas buenas que ha aprendido el ser humano a lo largo de su evolución es la de conservar su legado, y por eso, hoy día tenemos la certeza de que lo que queda del acueducto de Sevilla se protegerá con uñas y dientes para que no desparezca nunca de la faz de la tierra.

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