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Aunque siempre se ha dicho que para gustos los colores, la mayoría de los entendidos en la materia coincide a la hora de señalar a la Niña de los Peines como la mejor voz femenina que ha dado el flamenco de nuestro país. Esta sevillana, nacida 1890 de un matrimonio gitano y natural del Viso del Alcor, se llamaba realmente Pastora María Pavón Cruz. Como todos los genios, desarrolló sus aptitudes muy pronto y con nueve años ya se subía a los escenarios con frecuencia. Cuentan sus biógrafos que fue en una caseta de la Feria de Sevilla donde realizó su primera intervención pública y a partir de entonces comenzó una rauda ascensión hasta el estrellato.

A los once años ya estaba dando que hablar en Madrid. Sus peculiares tangos se ganaron la admiración de la gente y el más popular de ellos le hizo acuñar el sobrenombre de ‘Niña de los Peines’. Decía así: “Péinate tú con mis peines, que mis peines son de azúcar, quien con mis peines se peina, hasta los dedos se chupa. Péinate tú con mis peines, mis peines son de canela, la gachí que se peina con mis peines, canela lleva de veras”. Gracias a sus apoteósicas actuaciones en el Café del Brillante de Madrid, pudo conocer a personalidades de su época como Julio Romero de Torres, Manuel de Falla, La niña de los peinesIgnacio Zuloaga o Federico García Lorca. Éste último se quedó tan prendado de la voz de la cantaora que sintió la necesidad de dedicarle unos versos.

La Niña de los Peines era prácticamente analfabeta, tal y como ella misma reconoció en una histórica entrevista concedida a Josefina Carabias. “Empecé a cantar de niña porque para esto no hacen falta estudios. Es una gracia, ¿sabe usted? Y si se tiene esa gracia, pues se nace con ella..., y en cuantito que se sabe hablar o antes, pues se canta”. Sin embargo, esa falta de formación académica no le impidió destacar en todos los palos del flamenco (siguiriyas, tangos, tientos, bulerías, peteneras, soleás, saetas…) y crear uno propio con su inconfundible estilo: la bambera. Acaparaba tanta atención mediática y era tal su fama, que eclipsó a muchas cantaoras coetáneas y se permitió el lujo de reconducir el curso del flamenco a su manera de entenderlo.

Falleció en 1969 dejando a sus espaldas una legión de admiradores y recuerdos imperecederos. De haber convivido con las tecnologías actuales, su legado material habría sido mucho mayor, pero aun así, buena parte de los 250 cantes que grabó en discos de pizarra entre 1910 y 1950, con el paréntesis obligado de la Guerra Civil, han sido recuperados y publicados en discos compactos en los últimos tiempos. En Sevilla, concretamente en la Alameda de Hércules, figura un monumento en su honor, mientras que en Arahal, localidad a la que estuvo muy ligada gracias a su madre, también existe otro. Ya han transcurrido 42 años desde su muerte, su notoriedad no mengua y sigue estando en boca de todos los amantes al flamenco. Por eso, los más románticos tienen la excusa perfecta para asegurar que es inmortal.

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