Los buenos días de Manuela.

Buenos días, amigos. Buenos días, amigos de Sevilla.
Hoy quiero hablaros de Almutamid, el rey poeta de Sevilla. Todas las mañanas paseaba por la ciudad y llegaba orillas del Guadalquivir; paseaba por sus márgenes, mientras, mentalmente componía poemas. Fue un amante y defensor de Sevilla. Amaba sus calles más que su Palacio. Era un rey del pueblo. Dentro de su linaje y del protocolo impuesto por su condición – que se lo saltaba a la torera – fue un rey muy peculiar. Amante de la ciudad que gobernaba, incomparable poeta, sensible, amable con su gente, con la que departía con franqueza y naturalidad. Hombre, antes que rey. La escasa economía, la pobreza de los más humildes, le llegaba al corazón, le dolía de tal forma, que dicen que lloraba en Palacio, cuando veía sus aposentos lujosos, su comida abundante y su vida regalada. Los reyes también lloran, o este rey lloraba. Se compadecía con el prójimo. Intentaba paliar sus carencias. ¡Qué difícil tuvo que ser para él, soportar la incompetencia de sus colaboradores! Quizás por eso, para evadirse, escribía. Quiero contaros bien la historia de este rey sevillano. No la que viene en los libros sino su historia más íntima y más desconocida. Pero antes, necesito pasear por los lugares que él lo hacía. Voy a imbuirme de su espíritu, de su alma de poeta, de su grandeza de hombre llano. Cuando vuelva, os contaré su vida y sus vivencias, sus anécdotas, sus sentimientos, su sentido del deber y del honor. Para eso, necesito recordarlo in situ, investirme de su gallardía y de su gracia, de su forma de llegar a lo más hondo del alma de su pueblo. Si Almutamid viviera ahora, seguro que sería amigo de esta página. Y estoy convencida que lo sería de una forma anónima, incondicional, y que cada mañana nos regalaría un poema. Por eso, cuando vuelva quiero recordarlo aquí. Quiero rendirle un homenaje de esta súbdita, que ama Sevilla de la misma forma que él la amaba. Al menos, lo intento. Esperadme que enseguidita vuelvo, como decimos aquí, aun a sabiendas de que tardaremos tres horas. Y un cominito. Buenos días, amigos. Buenos días, amigos de Sevilla.

Manuela Sosa Martin.

La torre del Oro. Fotografías en 360 Grados.

Un refrán muy nuestro y que siempre le he escuchado a mi padre podría venir bien hoy, «El que la sigue la consigue» y así ha sido. No han sido fáciles los trámites pero por fin hoy puedo empezar a publicaros con muchísima alegría y satisfacción La Torre del Oro. Iremos intercalando las publicaciones con las que veníamos entregando de las Ruinas de Itálica.

Los buenos días de Manuela.

Miércoles, 21 marzo 2012.
Buenos días, amigos. Buenos días, amigos de Sevilla.
Ayer, por la tarde, entre dos luces, entre azul y nubes, paseé, deambulé, por el casco antiguo de mi ciudad. Olía a Sevilla en fiesta. Olía a Sevilla en primavera. El viento, que empujaba con fuerza, me traía olores de azahar y me llevaba en volandas por las calles perfumadas con olor a naranjo en flor, a tierra, a atardecer, a crepúsculo romántico. El cielo tenía esos contrastes que tanto gustaba a los poetas melancólicos del Romanticismo. Recorrí San Vicente, Curtidurías, Miguel del Cid… Calles estrechas y cortas que conducían a otras más estrechas y largas. Paseaba sin rumbo. A derecha a izquierda, avanzando o retrocediendo, disfrutando la tarde y el paseo. Miré con atención las casas, los balcones con cierre acristalado, los portales llenos de macetas, las puertas con remaches de clavo de metal, habituales en esas calles del siglo XIX. Las que no están reformadas. Algunas con más fortuna que otras, con más o menos acierto, con ese afán de suprimir lo antiguo en aras de una modernidad adocenada y estulta. Me acerqué a la Plaza de San Lorenzo. Carismática, íntima, bendecida y recordé lo que mi madre decía, lo recordé en alto, no me importaba que me oyeran.


“Placita de San Lorenzo,
qué suerte tienes, chiquilla.
Que guardas en tu capilla,
Al Señor del Gran Poder
¡Lo mejor que hay en Sevilla!

Y esto me llevó a recordar una madugrá de jueves a viernes Santo, hace años. Veíamos pasar la cofradía del Señor del Gran Poder por la calle Trajano. En esa calle había, una clínica pequeña con balcones de esos que llamamos de antepecho. Al llegar a su altura el paso, un enfermo intervenido de garganta, por el apósito que llevaba, se arrancó por saeta. Apenas se le oía la voz, pero ya sabéis el silencio que se hace, y cantó con devoción y esperanza.


“Padre mío del Gran Poder.
Tú que tanto poder tienes.
Dame salud, Padre mío,
Pa verte el año que viene”.

La voz desgarrada salía con angustia de su garganta, de su alma, de su corazón ,de su esperanza, de su miedo. El público se estremeció y algunos lloramos. No era una saeta al uso. No era una de esas saetas preparadas que cantan algunos cantaores en los distintos balcones de Sevilla. ¡No! ¡Era un desgarro! Una saeta, una flecha, que iba del corazón de aquel hombre desahuciado al mismo centro del corazón de Dios. Una súplica vehemente y dura en su desesperación. El hombre, aunque muy delgado, muy demacrado, muy tocado por esa enfermedad cruel, parecía joven. A su lado había una muchacha entristecida y envejecida. Quizás tuvieran hijos. Yo recé para mis adentros, con toda la fuerza de mi corazón adolescente y sano. Luego, sin pensarlo, sin saber lo que hacía, grité: “Gran Poder, escúchalo, dale voz para muchas saetas. Él te las cantará cada año.” Nadie dijo nada. El paso avanzó, el enfermo volvió a su cuarto y a sus miedos. Yo me fui a casa llorando. Ya había visto y escuchado lo más entrañable de la madrugá. Quiero creer que el joven se curó. ¡Es mucho el poder que tiene la saeta hecha plegaria! Seguro que llegó a viejo, que murió a la vejez acompañado de los suyos, y que desde allí donde esté, sigue cantando esa saeta, todas las madrugás del Jueves al Viernes de pasión Eso, amigos, solo se ve y se siente en Sevilla. Buenos días, amigos.

Buenos días, amigos de Sevilla.

Manuela Sosa Martin.

La rareza de ser moderno y antiguo a la vez

Si el Alfonso XIII fuese un hotel al uso, hoy no estaríamos hablando de él. Lo que le diferencia de los demás no son sus estrellas, sus lujosas estancias, el precio por pasar una noche o sus comodidades, sino su historia. Basta con decir que su propiedad es municipal (la explotación corre a cargo de una cadena) y que ofrece visitas guiadas a los colegios para darnos cuenta de que no estamos ante un hotel como otro cualquiera. Al igual que otros monumentos emblemáticos de Sevilla, tuvo su origen en la Exposición Universal de 1927 y fue obra del arquitecto José Espiau. Su construcción costó cuatro millones de pesetas y aunque hoy esa cantidad parezca nimia, en aquel momento supuso el diez por ciento del presupuesto total de la muestra internacional.

Reducir su estética a una sola corriente artística sería un error. A grandes rasgos bebe del estilo árabe, concretamente del neomudéjar, pero también tiene elementos característicos del regionalismo andaluz. Los entendidos dicen que el gran mérito de su belleza exterior es que es capaz de impresionar con materiales relativamente modestos, tales como la cerámica, el barro o el ladrillo. El interior es otro cantar, ya que la pomposidad está garantizada con techos de madera, suelos de mármol, imponentes arcos y columnas, suntuosas lámparas, refinadas alfombras, vistosos azulejos y un patio paradisiaco. Sus puertas reabrieron la semana pasada después de diez meses de intensas obras que han permitido modernizar los sistemas de agua, electricidad y aire acondicionado, y perfeccionar más aún la decoración. Aunque, eso sí, la esencia permanece impoluta.

Es digno de reseñar que el hotel fue inaugurado el 28 de abril de 1929 con un banquete presidido por el rey Alfonso XIII que sirvió para celebrar el casamiento de su sobrina preferida, la Infanta Isabel Alfonsa, con el Conde Juan Zamoyski. Curiosamente, el trono en el que sentó el monarca aquel día aún se conserva. Y es que, originalmente, el hotel fue ideado para acoger exclusivamente a la realeza y a la aristocracia europea. Tras el paréntesis que marcaron la II República, en el que pasó a llamarse ‘Hotel Andalucía Palace’, y la Guerra Civil, recobró su protagonismo y con el paso de las décadas fue ampliando su clientela a políticos de renombre, deportistas de élite, estrellas de cine, empresarios de éxito, cantantes… y ciudadanos de a pie. En la actualidad, gracias a sus estrictas políticas de privacidad e intimidad, tiene la posibilidad de seguir cobijando a personalidades públicas sin que sus otros huéspedes se enteren.

El Palacio de San Telmo y sus barreras invisibles

Pese a su gran valor artístico y patrimonial, el Palacio de San Telmo es un edificio un tanto desconocido para el público en general. Sí, es verdad que sabemos que existe, cuál es su ubicación, cómo es su fachada y que es sede de la Presidencia de la Junta de Andalucía, pero debido a que tiene un uso exclusivamente político, todo lo que contiene de puertas para adentro está fuera del alcance de los ciudadanos de a pie. Y es una auténtica lástima, ya que tanto sus interiores como su propia historia no tienen ningún desperdicio. De hecho, para remontarnos a sus orígenes hay que retroceder en el tiempo más de tres siglos.

Los terrenos, que eran propiedad del Tribunal de la Santa Inquisición, fueron transferidos para la construcción del colegio-seminario de la Universidad de Mercaderes en 1682. Esta institución formaba a los huérfanos de marineros, posteriormente pasó a llamarse Colegio de la Marina y tuvo como alumno a Gustavo Adolfo Bécquer. Por suerte o por desgracia, la labor docente desapareció por completo del edificio cuando fue adquirido por los duques de Montpensier 1849, que lo convirtieron en su residencia oficial y lo aderezaron a las costumbres refinadas de su época. Pero el palacio no perteneció a la nobleza demasiado tiempo, ya que, unos cincuenta años después, la infanta y a la vez duquesa viuda María Luisa Fernanda falleció y legó los jardines (los que hoy forman el Parque de María Luisa) a la ciudad y el inmueble, a la Archidiócesis de Sevilla. Así, funcionó como seminario católico desde 1901 hasta 1989, momento en el que el cardenal Marcelo Espínola se lo cedió a la Junta de Andalucía.

Y la pregunta del millón: después de todos los usos que se le dio y por todas las manos que pasó, ¿qué hay dentro del Palacio de San Telmo? Al margen de un entramado de oficinas y recepciones solemnes, posee hermosos patios interiores, torres, jardines y una capilla presidida por la imagen de Nuestra Señora de Buen Aire. Todo ello, impregnado del mejor estilo barroco. Y qué decir de la portada, rematada por la figura de San Telmo, el patrón de los navegantes. También son llamativas las esculturas de doce sevillanos ilustres, entre ellos Miguel Mañara, Luis Daoíz y Bartolomé Esteban Murillo, que coronan la fachada que da a la calle Palos de la Frontera.

En los últimos días el Palacio de San Telmo ha sido noticia después de que el Partido Popular haya prometido en su programa electoral romper sus barreras invisibles y abrir sus puertas de par en par a la ciudadanía y al turismo, algo que ya sucede en las sedes de otras comunidades autónomas como la catalana, la valenciana o la murciana.

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