Publicidad en los azulejos

La publicidad no es ni mucho menos un invento moderno. De hecho, en Babilonia (actual Irak) se hallaron tabillas del año 3000 a.c. en las que se anunciaban zapateros, escribanos, vendedores de ungüentos y otros oficios.

Lo que han cambiado, por tanto, son las técnicas y los canales de comunicación, pero la necesidad de promocionar productos y servicios por encima de los demás siempre ha existido.

A principios del siglo XX, cuando ni la radio ni la televisión estaban aún implantadas en España, era habitual que las firmas más conocidas se publicitaran… en las fachadas de los establecimientos mejor situados.

Y además, no lo hacían con soportes de usar y tirar, sino con materiales tremendamente duraderos. Tanto es así que hoy día podemos seguir contemplando un ejemplo en el número 9 de la calle Tetuán.

Allí, entre las dos puertas de un antiguo bar llamado ‘El Sport’, se colocó un lienzo cerámico que anunciaba los Studebaker, que se autodefinían como ‘automóviles en 6 cilindros’.

o es casualidad que aquel bar fuese frecuentado por personalidades de la época y gente pudiente, ya que ese coche no estaba al alcance de cualquiera. Con todo, la privilegiada ubicación del azulejo permitía que todo el mundo pudiese admirarlo y desearlo.

El azulejo, que es de grandes dimensiones y fue realizado por Enrique Orce Mármol en 1924, representa una escena campestre en la que cinco personas

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dan un entretenido paseo en coche.

Actualmente forma parte de la fachada de una joyería cuyos propietarios han solicitado tres veces su traslado a la primera planta para una mejor conservación, pero la Comisión Local de Patrimonio Histórico se niega en rotundo. Al fin y al cabo, el azulejo de Studebaker ya es prácticamente un monumento.

La Susona: más real que ficticia

Al igual que en muchos otros puntos de España y Europa, en Sevilla convivieron pacíficamente cristianos, musulmanes y judíos durante un buen tiempo. Eso no quiere decir que estuvieran hermanados y celebraran fiestas comunes. De hecho, había mucha desconfianza entre ellos, pero también respeto. Sin embargo, esa fría armonía se terminó rompiendo en todas las ciudades y hay una leyenda, la de la ‘Susona’, que ilustra lo sucedido concretamente en la nuestra. Corría el siglo XI cuando una importante colonia hebrea procedente de Córdoba se instaló en Sevilla, primero en el actual barrio de San Lorenzo y posteriormente en el de Santa Cruz. Poco a poco fueron ganando notoriedad gracias a sus prósperos negocios, entre ellos, el de la usura, y esto provocó el recelo de los cristianos, que iniciaron una campaña popular para desacreditarlos ante sus clientes.

Los judíos se sentían fuertes y por ello, en lugar de simplemente resistir, contraatacaron. En 1481 organizaron un complot para hacerse con el control de la ciudad. El cabecilla, el banquero Diego Susón, organizó una reunión clandestina en su propia casa e invitó a los líderes moriscos para que se unieran a la causa. Pero tras conseguir el consenso y trazar los planes del golpe, que consistía en asesinar a los altos cargos de sus enemigos, se encontró con un problema inesperado. Su hija Susana, considerada como la más bella del lugar, se enteró de la conspiración y, temiendo por la vida su amante, un caballero cristiano, corrió a contárselo. Su revelación llegó a oídos del asistente de la ciudad, don Diego de Merlo, quien ordenó detener y ahorcar a todos los que habían ideado la sublevación. Sus cuerpos inertes permanecieron colgados durante más de un año en Tablada.

Según la Real Academia Española (RAE), una leyenda es una ‘relación de sucesos que tienen más de tradicionales o maravillosos que de históricos o verdaderos’. Pues bien, lo que acabamos de relatar no es una leyenda. Los hechos, que se transmitieron de generación en generación entre los habitantes de la zona, llegaron a nuestros tiempos con todo lujo de detalles y gracias a las investigaciones de los historiadores, se pudieron contrastar. Lo único que no está documentado es lo que ocurrió justo después. Existen dos versiones. La primera afirma que la ‘Susona’ fue repudiada por cristianos y judíos y se recluyó en un convento. La segunda, mucho más macabra, asegura que la misma protagonista tuvo dos hijos de un obispo, pero terminó siendo abandonada por éste. Y al morir ella, dejó una nota en su testamento que decía lo siguiente: “Y para que sirva de ejemplo a los jóvenes en testimonio de mi desdicha, mando que cuando haya muerto separen mi cabeza de mi cuerpo y la pongan sujeta en un clavo sobre la puerta de mi casa, y quede allí para siempre jamás”.

Se respetó su voluntad y hasta bien entrado el siglo XVII su cabeza permaneció en la ‘Calle de la muerte’. Posteriormente, los restos fueron retirados, en su lugar se colocó un azulejo que aún se conserva y la calle pasó a tener la denominación actual: ‘Susona’.