Durante muchos años se dio por sentado que la imagen de Nuestra Señora de la Esperanza, de la Hermandad de La Trinidad, fue tallada por Pedro Duque Cornejo, pero la aparición de un recibo confirmó la autoría de Juan de Astorga, que ya había esculpido previamente a la Virgen del Subterráneo (La Cena) y a la del Buen Fin (La Lanzada), entre otras. Existen muchos indicios que señalan que Fray José Cabello, a la sazón hermano y capellán de la corporación, fue quien sufragó personalmente los 900 reales que costó el encargo, el cual vio la luz en 1819.
El resultado fue realmente asombroso. De hecho, está considerada como una de las Dolorosas más bellas de la Semana Santa de Sevilla y ha servido como espejo para muchas obras posteriores. Si hubiese que reducir las emociones que transmite su rostro a una sola palabra, la que más se aproximaría sería ‘ternura’, pues su llanto, sin ser desgarrador, consigue que empaticemos con Ella de una manera directa y armónica. Curiosamente, el incontrolable sollozo abre sus labios y deja al descubierto una parte de su lengua, un detalle poco común en la imaginería hispalense.
Desde el punto de vista morfológico, debemos reseñar que la imagen (de candelero) mide 1,58 metros, tiene la cabeza suavemente ladeada hacia la derecha y ha sido sometido a varias pequeñas restauraciones, las cuales, gracias al excelente estado de conservación, apenas han modificado los cánones originales. La Virgen de La Esperanza Trinitaria puede contemplarse durante todo el año en la Basílica Menor de Santa María Auxiliadora Coronada y cada Sábado Santo en las calles de Sevilla. Desfila en el tercer paso de la cofradía, que porta reliquias de San Juan Bosco (otro de los Titulares de la Hermandad) y cuyo techo fue bordado en terciopelo verde (color de la Esperanza) en 1945.
La primera pregunta que se hacen los no iniciados en la Semana Santa de Sevilla al escuchar el nombre de ‘Cristo de Burgos’ es por qué hace referencia a la ciudad castellano-leonesa. La respuesta se halla en 1574, año en el que el escultor Juan Bautista Vázquez ‘El Viejo’ lo talló a imagen y semejanza del que se venera en la Catedral de Burgos, por encargo de Juan de Castañeda. No obstante, también se tomó como referencia otra imagen de Sevilla, tal y como quedó reflejado en un documento escrito en el que el autor se comprometía a incorporar “una corona de espinas y sus cabellos largos y un paño en el cuerpo, según y en la forma que está y lo tiene el Santo Crucifijo de la Capilla de San Agustín de esta ciudad”, imagen que presidía los primitivos Viacrucis de la capital hispalense.
En anteriores artículos ya enumeramos algunas de las imágenes que tuvieron que ser reemplazadas por las revueltas anticlericales que se dieron en los años treinta, y en éste, desgraciadamente, añadiremos más a la lista. Hablamos de la Hermandad de la Hiniesta, que vio cómo su Cristo de la Buena Muerte y su Dolorosa original fueron destruidos en la quema de San Julián (1932). Solo un año después, Antonio Castillo Lastrucci talló otra imagen mariana, que a su vez se perdió en el incendio que asoló a la parroquia de San Marcos en 1936. Después de dos golpes muy dolorosos para la cofradía, el mismo autor elaboró una nueva Virgen en 1937 y un nuevo Crucificado en 1938, obras que sí han llegado a nuestros tiempos.
La imagen de María Santísima de la Paz fue tallada en 1939 por el escultor umbreteño Antonio Illanes Rodríguez. Había sido un encargo de una hermandad de la provincia de Sevilla, pero sus rectores no quedaron satisfechos con el resultado porque se parecía demasiado a la esposa del autor. Así las cosas, poco después fue mostrada en una exposición que tuvo lugar en la calle Rioja, donde llamó la atención de algunos hermanos de la Cofradía de la Paz, que acababa de ser fundada en el barrio de El Porvenir por un grupo de militares. La corporación no dudó en adquirirla y el 25 de julio de 1939 fue bendecida por don Francisco del Castillo, a la sazón director espiritual de la hermandad.
Según el Evangelio de San Mateo, Jesucristo fue abandonado por sus discípulos tras ser delatado por Judas y apresado en el huerto de Getsmaní, donde solía orar cada noche. Este pasaje es justamente el que representa la imagen de Nuestro Padre Jesús Cautivo en el Abandono de sus Discípulos, de la Hermandad de Santa Genoveva. La talla fue realizada por José Paz Vélez en madera de pino entre julio de 1956 y febrero de 1957, coincidiendo con la fundación de la corporación, y mide 1,83 metros de altura. El autor esculpió originalmente el cuerpo entero, aunque no profundizó demasiado en los rasgos anatómicos y se centró especialmente en el rostro.
Hoy reemprendemos nuestra ruta por la historia de las calles de Sevilla haciendo una parada en Campana, cuyo origen se remonta nada más y nada menos que al siglo XVI. Por aquel entonces era una vía mucho más pequeña que la de ahora, pero igualmente relevante debido a su privilegiada ubicación. “Es el lugar más público de Sevilla”, llegó a afirmar en su día el escritor Cristóbal de Chaves, mientras que el francés Antoine de Latour la apodó “la Puerta del Sol sevillana’ por su incesante trajín. Todos los empresarios querían instalar sus dependencias allí y por eso en el siglo XIX su disposición cambió para albergar más comercios.