Los almohades dejaron una huella imborrable en Sevilla. No en vano, muchas de sus grandes obras (La Giralda, la Torre del Oro…) siguen dando lustre a la ciudad, si bien su arquitectura civil no corrió tanta suerte. De hecho, son pocos los edificios de este tipo que han sobrevivido a nuestros tiempos, aunque hay honrosas excepciones, como la que hoy nos ocupa. Hablamos de los Baños de la Reina Mora, que datan del siglo XII y se encuentran ubicados entre las calles Baños, Jesús de la Veracruz y Miguel Cid, es decir, en el corazón de la ciudad.
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Mitad teatro, mitad cine
El Teatro Cervantes no sólo es el más antiguo de Sevilla, sino también el único de su época que ha sobrevivido a nuestros tiempos. Fue diseñado por el arquitecto sevillano Juan Talavera y de la Vega (autor también de El Costurero de la Reina) y abrió sus puertas al público el 13 de octubre de 1873, es decir, hace más de 140 años. Sorprendentemente, y pese al paso del tiempo y a las numerosas modificaciones realizadas, su interior conserva la esencia original, lo cual le otorga un valor histórico añadido. Y eso que en la década de los sesenta dejó de ser un teatro para convertirse en cine, aunque nunca perdió su alma escénica.
La invisibilidad de la Puerta Osario
No queda ningún vestigio de ella, pero seguimos hablando de la Puerta Osario como si siguiera en pie. Y eso que hace mucho tiempo que dejó de existir, concretamente, desde el 22 de septiembre 1868, día en el que se procedió a su derribo. Previamente había sido una de las entradas de la ciudad; ni la más antigua, ni la más hermosa (de ahí que haya pocas representaciones gráficas), pero sí de las más importantes por su posición estratégica (se hallaba en el cruce de las calles Valle y Puñonrostro).
La adolescencia del Estadio Olímpico
El Estadio de La Cartuja, conocido popular y erróneamente como Estadio Olímpico por haber sido concebido para albergar más pronto que tarde unos Juegos Olímpicos, cumplió recientemente 15 años. Es decir, se encuentra en plena adolescencia, esa etapa de la vida en la que se empieza a madurar lentamente después de muchas travesuras.
Su gestación costó nada más y nada menos que 120 millones de euros y su nacimiento fue celebrado por todo lo alto con unos Campeonatos del Mundo del Atletismo (1999). En sus primeros cumpleaños se llevaron a cabo actos de primer nivel, como finales de la Copa del Rey de 1999, de la UEFA y de la Copa Davis, pero sus ‘padrinos’ (Betis y Sevilla) desecharon la idea de trasladarse definitivamente a su domicilio y su niñez fue muy diferente a como estaba prevista. Tanto es así que los espectáculos deportivos fueron espaciándose cada vez más en el tiempo y al estadio no le quedó otra que ampliar sus horizontes.
Así se explica que, para paliar unas deudas astronómicas, la Sociedad Estadio Olímpico (sus padres de adopción) organizara conciertos, exposiciones, congresos e incluso rodajes de películas. Todo valía con tal de intentar cubrir los gastos de la hipoteca y el mantenimiento. Sin embargo, los números seguían sin cuadrar, de ahí que en 2007 se realizara una ampliación de capital para reorientar la vida profesional del estadio, que iba camino del abandono.
Afortunadamente, sus nuevos gestores han transformada las fuertes pérdidas en unos incipientes beneficios gracias a una política de austeridad y eficiencia. Su plan de actuación se ha basado en reducir el personal (actualmente sólo trabajan ocho personas en el estadio), fomentar el alquiler de los locales (supone el 75% de los ingresos) y apostar por los eventos musicales (antes de que finalice el año actuarán David Bisbal y Extremoduro). Sin ayuda pública pero con la lección bien aprendida, el estadio parece haber sentado la cabeza rumbo a su madurez.
La Sevilla ‘marinera’
Los cruceros están de moda, y Sevilla, pese a no tener costa, también se está beneficiando de ello. La ‘culpa’ la tienen el río Guadalquivir, su navegabilidad y la nueva esclusa Puerta del Mar, cuya construcción ha posibilitado el acceso de grandes buques al Puerto de Sevilla. No debe sorprender, por tanto, que los datos estadísticos revelen que el turismo fluvial ha crecido un veinte por ciento durante los últimos tres años. Si lo traducimos a cifras concretas, la capital hispalense ha pasado de recibir unos 16.000 pasajeros en 2011, a llegar a los 19.500 en 2013.
Pero el crecimiento no ha sido sólo cuantitativo, sino también cualitativo. En otras palabras, los cruceristas que están llegando últimamente tienen más poder adquisitivo que los que atracaban hace unos años. Así, su gasto medio por día es de 150 euros y sus nacionalidades son variadas: estadounidenses, franceses, alemanes, ingleses, etcétera. En lo que llevamos de 2014 han llegado 27 cruceros al Puerto de Sevilla y se espera que antes de finalizar el año el número aumente hasta los 58.
En este mes de agosto van a arribar cuatro y ya conocemos la ‘identidad’ de dos de ellos. El primero ha sido el ‘Berlín’, que llevaba a bordo 250 pasajeros procedentes de Lisboa. Sus dimensiones (39 metros de eslora y 16 de manga) llamaron poderosamente la atención a todos los que se encontraban cerca del Guadalquivir el 18 de agosto a eso de las 15:00 horas. El siguiente fue el ‘Tere Moana’, que llegó el 21 de agosto a primera hora de la mañana procedente de Gibraltar y repetirá el día 25 llegando desde Portimao (Portugal). Hablamos de un barco francés de lujo, y buena prueba de ello es que cuenta con 45 tripulantes para tan solo 95 pasajeros. O lo que es lo mismo, un empleado para cada dos clientes.
Santa Justa: el salto a la alta velocidad
Si hace algunas semanas repasábamos la historia de la estación de Plaza de Armas, hoy le toca el turno a su sucesora: Santa Justa. Fue concebida a mediados de los ochenta para operar con líneas de alta velocidad, las cuales empezaban a implantarse poco a poco en España después de haberlo hecho de manera exitosa en otros países europeos. Además, por aquel entonces existía otro motivo de peso para iniciar su construcción: la celebración de la Exposición Universal de 1992, la cual iba a atraer a millones de turistas. Así las cosas, se le encomendó al prestigioso estudio Cruz y Ortiz, liderado por dos arquitectos sevillanos, la tarea de levantar una estación ferroviaria de primera calidad.
El resultado fue una enorme infraestructura de 80.000 metros cuadrados elaborada con ladrillo, acero y vidrio. El conjunto se organiza en torno a 12 vías (seis de ancho ibérico y otras seis de ancho internacional), siete andenes de 525 metros de longitud y un amplio vestíbulo que ofrece servicios de todo tipo, desde los inexcusables puntos de información, taquillas, consignas y aseos, hasta otros más complementarios como pueden ser cajeros automáticos, alquiler de coches, quioscos de prensa, cafeterías, restaurantes, etcétera. Vista desde fuera, la estación llama la atención por su fachada elíptica y sus amplias zonas de aparcamiento, las cuales, en momentos de gran afluencia de público, incluso se quedan pequeñas.
Aun así, Santa Justa tiene la ventaja de estar perfectamente conectada con las líneas de autobuses C1, C2, 28, 32 y Especial Aeropuerto, sin olvidar los espacios reservados para taxis. Además, está previsto que en un futuro el Metro llegue hasta sus inmediaciones, si bien actualmente la parada más cercana está a un kilómetro de distancia (Nervión). Y en lo referente a sus conexiones con el exterior, cabe reseñar que ofrece servicios de larga distancia a través de trenes AVE y Talgo (Madrid, Barcelona…), y otros de media distancia a través de MD y Avant (resto de Andalucía y Extremadura).
El precio de blasfemar
En mayor o menor medida en función del contexto histórico, blasfemar siempre ha estado prohibido. O como mínimo, mal visto. De hecho, se sigue creyendo que toda palabra injuriosa contra Dios lleva aparejada un castigo y hay leyendas que corroboran este dogma. Una de ellas tiene como escenario a Sevilla, y más concretamente, el barrio de San Lorenzo. En la calleja larga y angosta que discurre entre Santa Clara y Jesús del Gran Poder, llamada ‘Hombre de piedra’ (antes ‘Buen Rostro’), sucedió en el siglo XV una escena realmente asombrosa que dio origen a su nombre actual.
En el interior de una taberna se encontraban varios amigos bebiendo vino y mostrándose muy efusivos por los efectos del alcohol. Con todo, pudieron distinguir el sonido de una campanilla acompañado de voces susurrantes. Era una comitiva encabezada por un el cura párroco, quien portaba la caja del Viático para dar la última comunión a un enfermo terminal. Tras él, un nutrido grupo de feligreses rezaban con velas y faroles en sus manos.
Pese a que no eran especialmente devotos, los compadres dejaron sus vasos, dieron por concluidas sus jocosas conversaciones y se arrodillaron al paso del cortejo como señal de respeto. Todos menos uno de ellos, llamado Mateo el Rubio, el matón del barrio, quien decidió hacer gala una vez más de su valentía y rebeldía. Creyendo que estaba por encima del bien y del mal, no sólo se negó a inclinarse, sino que se mofó de todos los creyentes con acusaciones muy graves. “Lo que hacéis es cosa de beatas”, llegó a afirmar. Y, de manera fulminante, un rayo cayó sobre él, hundiéndole las rodillas en el suelo y convirtiendo su cuerpo en piedra, el cual permanece allí como muestra del poder divino. La ciencia, obviamente, tiene otra teoría, y atribuye estos restos arqueológicos a una estatua romana de las que solían instalarse en las termas.
Bye bye catenarias
Siete años. Eso es lo que han durado las catenarias en Sevilla. El alcalde de la ciudad, Juan Ignacio Zoido, confirmó el pasado jueves que ya ha dado luz verde a la supresión de los postes y cables que utiliza el Metrocentro desde el Prado de San Sebastián hasta el Archivo de Indias, por lo que en un corto periodo de tiempo (se estima que las obras finalizarán en el mes de octubre) el centro histórico quedará liberado de estas aparatosas infraestructuras, las cuales causaron controversia desde el mismo día de su instalación.
Cabe recordar que la retirada de las catenarias está siendo progresiva, pues ya comenzó en con el tramo que discurre entre el Archivos de Indias y la Plaza Nueva, coincidiendo en el tiempo con la ampliación del trayecto hasta San Bernardo (2011). Pero la pregunta que muchos se hacen es… si las catenarias eran necesarias, ¿cómo funcionará el tranvía a partir de ahora? La respuesta se halla en un Acumulador de Carga Rápida (ACR), sistema que permite almacenar energía y se basa en el empleo de ultracondensadores. Así pues, en la práctica, funcionará como si de un surtidor de gasolina se tratase.
El cargador que se implantará en cada parada llenará el ‘depósito’ en apenas 20 segundos, por lo que en ningún caso será un lastre para el tráfico diario. Es más, previendo posibles problemas técnicos y para garantizar la autonomía, las cuatro unidades tranviarias contarán con una batería adicional de ión-litio de gran capacidad. El presupuesto de la renovación ronda los 250.000 euros, una cantidad elevada que se rentabilizará a medio plazo, pues el nuevo sistema propiciará un ahorro de 25.000 euros anuales en consumo eléctrico y un evidente salto de calidad en el apartado puramente estético.
La hombría de los garrochistas de Utrera
Sólo los apasionados de la Historia tienen constancia de la decisiva participación de un grupo de utreranos en la Batalla de Bailén (1808), una de las más importantes de la existencia de España. No en vano, supuso la primera derrota de las tropas napoleónicas en campo abierto, la huída de José I Bonaparte y el regreso forzado de su hermano menor (Napoleón) a la península ibérica para intentar consolidar su posición dominante.
Podría decirse que en Utrera nació lo que hoy conocemos como guerra de guerrillas, es decir, el hostigamiento continuado al enemigo con maniobras rápidas, sorpresivas y, hasta cierto punto, rudimentarias. No en vano, cualquier cosa servía para atacar a los franceses o afrancesados, ya fuese una pala, una azada o una piedra. Todo lo que causara daño era válido y el éxito de las escaramuzas llegó a oídos de los generales españoles, que decidieron instalar allí un cuartel general. Con todo, cabe aclarar que no es que en La Campiña hubiese un movimiento perfectamente organizado para expulsar a las fuerzas de ocupación, pero sí una fuerte convicción de que eso era justamente lo que había que hacer.
Así se explica que, durante la Guerra de la Independencia, un grupo de utreranos y jerezanos sin experiencia militar se ofrecieran como voluntarios para intervenir en la Batalla de Bailén. Fueron denominados como ‘garrochistas’ y pusieron a disposición de la causa sus propios caballos. Vestían como lo que eran, hombres de campo, y utilizaban como armas las lanzas de conducir el ganado. Pero tras una apariencia un tanto grotesca, el escuadrón escondía una valentía y una fiereza fuera de lo común, hasta el punto de que sus cargas contra los franceses se hicieron famosas en aquellos tiempos y han llegado a nuestros días para ser recordadas por siempre.