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Maestranza. Con el paso de las horas y los días, las hipótesis fueron retorciéndose y señalaban a un grupo de jóvenes aficionados a los juegos de rol que había intentado emular a la película ‘Nadie conoce a nadie’, que el Rey Don Juan Carlos iba de nazareno y querían atentar contra su persona, que la Policía Local, en huelga en aquel momento, pretendía llamar la atención provocando unos disturbios que se le fueron de las manos, etc. Torre de oro y peineta,
blanca mantilla.
Regio el Guadalquivir,
cruza Sevilla.
Sevilla se mete en agua, me decía ayer un señor con la seguridad de un meteorólogo.
“Es más, niña, ya está metía en agua”.
Le agradecí lo de niña.
No me sentí ni me creí más joven.
Recordé a mi padre cuando llamaba niño y muchacho a amigos de más de ochenta años.
Es una forma de hablar muy sevillana, no sé si de otros lugares.
“Hay que ver lo estropeado que está este niño” Y el niño en cuestión superaba con creces los ochenta.
A lo que iba.
Sevilla se mete en agua. Sevilla ya está metida en agua.
Da lo mismo. Sevilla ya está metida en su Semana Santa, y si los pasos no pueden salir iremos a visitarlos a sus templos.
Lo que de verdad me preocupa, ya os lo dije, son las personas que pierden el trabajo que esperaban estos días.
Esto sí es una preocupación. Esto sí es un contratiempo.
Por otra parte, es muy probable que la semana transcurra entre nubes, claros, chubascos y aguaceros más o menos fuertes.
Ya cada hermandad decidirá qué hacer o qué puede hacer.
Me gusta la Semana Santa como al que más.
Sé lo que significa esperar con ilusión todo el año. Sé lo que significa esperar con ansias salir con tu Cristo o tu Virgen y hacer la estación de penitencia.
Lo he vivido en carnes propias.
Lo que no soporto, y pido perdón por lo que voy a decir, es que digan las hermandades, que han hecho mucho gasto.
Si han hecho gasto es porque tenían dinero. Si han comprado un manto nuevo, una candelería o un llamador de oro, es porque han querido.
La Semana Santa, aún en Sevilla, debe ser más austera.
Veo cada día tanta pobreza a mi alrededor, que estas cosas, además de superfluas, me parecen una ofensa.
Todas las parroquias saben de sus feligreses en apuros. Saben que no pueden pagar la luz, que no pueden pagar el gas, que no pueden atender las necesidades más elementales. Más necesarias. Más urgentes.
Hay quien no tiene ni para comer.
¡Para comer!
¿Pensáis que les preocupa que por la lluvia no salgan los pasos a la calle?
Yo creo que no.
Tienen otras necesidades mucho más perentorias.
¿Nos ponemos en su pellejo?
¿Nos ponemos en su situación?
Me gusta la Semana santa como al que más.
Pero por encima de todo quiero a los sevillanos y, en especial y con más cariño, a los que lo están pasando mal.
Si alguna vez mi preocupación fuera el lucimiento de las cofradías en la calle, no merecería llamarme sevillana, ni llamarme persona.
Vuelvo a pedir perdón si he molestado a alguien. Yo escribo lo que siento. Esto es lo que siento y me preocupa hoy.
Lo demás, si lleva siglos existiendo, seguirá igual.
Yo, hoy, quiero pedir por los que sufren.
Ellos no me leerán. No tienen ordenador ni conexión con Internet.
¿Pero cómo van a tenerla?
Para ellos mi amor y mis torrijas.
¡Que llueva! Todos los que me leéis tenéis paraguas.
Y que siga la vega del Guadalquivir regándose.
Torre de oro y peineta,
blanca mantilla.
Regio el Guadalquivir,
cruza Sevilla.

Yo sigo felicitando la las Lolas, Lolis y Lolitas, Marilós y Dolores en este día. Dicen que lo han cambiado a no sé qué día. Me da igual. Yo, a lo de siempre.
Desde aquí vayan mis felicitaciones para todas la Dolores de España y los Dolores de Hispanoamérica. Que hay muchos.
Hace ya algunos años se incorporó a las hermandades sevillanas, el Cristo de la sed.
Sale de la iglesia de la Concepción.
Al principio no hacía estación de penitencia en la Catedral.
Solamente recorría su barrio, el de Nervión el viernes por la tarde.
Pero ya ha llovido y a habido sequías desde entonces y ahora procesiona el Miércoles Santo.
Los viernes de cuaresma y en especial el de Dolores, era costumbre poner bacalao en todas las casas.
El bacalao sigue dando sed horas y horas después de haberlo comido.
Con la guasita sevillana a este Cristo se le decía El Bacalao.
Por lo del viernes de Dolores y por lo de La Sed.
No sé si a los hermanos cofrades les gustaba esto y lo que tampoco sé es si los sevillanos recuerdan este mote simpático y desde luego, respetuoso.
Pero de lo quiero hablar hoy es de las comidas y de los dulces.
¿Habéis echado el bacalao en agua?
¿Habéis comprado el pan para las torrijas, la miel y todos los avíos?
Pues ¿Qué estáis esperando?
Las tradiciones hay que respetarlas.
Yo voy a ponerme en la cocina como una loca y no voy a parar hasta que no prepare comida para varios días y torrijas, pestiños, arroz con leche, mantas, canutillos y hasta leche frita.
Ese olor a miel y masa frita me transporta a mi niñez.
¡Qué buenos recuerdos!
Pero no me voy a poner nostálgica, me voy a poner en acción. ¡A trabajar!
Y por eso os dejo ahorita.
Lo que hay que hacer, entre antes se haga mejor.
Luego os contaré el resultado e incluso si os portáis bien os mandaré algunos dulcecillos.
Que no se os eche el tiempo encima. Las prisas no son buenas en la cocina.
Buenos días, amigos de Sevilla.
Buenos días y de Dolores.
Estrella. Al parecer, sus hermanos recibieron en los días previas cartas anónimas y amenazas para que dieran marcha atrás, pero no lo hicieron. Es más, algunos de ellos salieron aquel día con navajas al cinto para proteger a sus imágenes, pero no pudieron evitar los atentados que se produjeron. El primero de ellos acaeció en la calle Valázquez, donde cayó sobre el palio un objeto pesado que, tras ser examinado posteriormente, resultó ser una perilla de cama que había sido manipulada para funcionar como bomba. Por suerte, no estalló. Siguen los días de preparativos. Sigue la gente en un ir venir de tienda en tienda.
Siguen los ojos mirando al cielo.
¿Lloverá la semana que viene?
Esa pregunta flota en el viento de levante, O de solano, como lo llamamos en Sevilla.
Esa pregunta, que no sale de la garganta, por temor a enojar a San Pedro, está en los ojos de todos los sevillanos.
¿Lloverá en Semana Santa?
¿Es posible en un año de tanta sequía?
¡Sí. Lo es! No queremos. Nadie quiere. Pero puede ser.
En cada Hermandad, desde el hermano Mayor hasta el cofrade recién llegado, clavan la mirada suplicante en los ojos piadosos de sus Titulares. De su paso de Cristo y de su paso de Virgen.
La súplica es la misma, la plegaria es la misma, la contradicción, también.
¡Ay, Virgencita! Hace mucha falta el agua, las ciudades y los campos están sedientos, pero si tú quisieras, si se pudiera esperar otra semanita.
¡Ay, Padre mío! Sé que no está bien que te lo pida, lo sé y se me achica el alma al rezarte pidiéndote que no llueva.
¡Perdóname Padre mío!, pero haz un milagro. Convierte el agua en sol. Tú lo hiciste en aquella boda. Tu madre te lo pidió y convertiste el agua en vino.
Es lo mismo. Es agua. ¡Una semanita! ¡Una semanita!
Y el refrán retumbando en la cabeza:
“Marzo ventoso, abril lluvioso.”
“En abril, aguas mil.”
“En la tierra de secano, abril riega tu sembrado.”
“Pastorcito de la sierra. No llores por tu ganado.
Y abril.
Y el pesimista que te escupe a los oídos: “¿Pero tú te crees que no va a llover? ¿Pues no llueve todos los años? Llueve aunque caiga en marzo, te lo digo yo, siempre se fastidian las cofradías.”
El “nunca llueve a gusto de todos”, es una verdad universal. En cualquier sentido en el que se emplee.
Lo que es bueno para unos puede ser una desgracia para otros.
No es nuestro caso. No queremos que llueva en Sevilla en Semana Santa. ¿Quién va a quererlo?
No saldrían los Pasos, llorarían los nazarenos y los costaleros, lloraría el pueblo sevillano, decepcionaría a los visitantes, se perdería el empleo temporal…Eso es lo peor, pero no sería una desgracia.
Sería un contratiempo. Nunca mejor dicho.
¡Qué sea lo que tenga que ser!
Que Sevilla sea bendecida por el sol o la lluvia. ¡Que sea lo que tenga que ser!
La Semana Santa está tan arropada en nuestros corazones, tan cobijada con nuestro amor, que será una semana de gloria.
De Pasión y de Gloria. De lluvia y de sol.
Será, ¡nuestra Semana Santa!
En vísperas de un Domingo de Ramos, los hermanos Álvarez Quintero, con la misma incertidumbre que nosotros, con la misma ilusión y el mismo deseo que nosotros, dedicaron este poema a Sevilla.
Es un ejemplo de esperanza y resignación gloriosas.
Patria de nuestro amor.
Dios te bendiga.
Que halles siempre tu paz y tu consuelo.
Y que en tu noche perfumada y bella.
Por mandato de Dios baje una estrella,
Y bese la Giralda…
Y vuelva al cielo.
Buenos días, amigos de Sevilla.
Que sea lo que tenga que ser… ¡pero que no llueva!
